Unos versos de Virgilio

 Este ensayo es el número cinco del tercer libro de Montaigne, como seguramente notaron, es el segundo más extenso de sus Ensayos ganando este puesto al tercer lugar: “La vanidad”, que tiene una página menos. Justificándome con lo que Zaid escribió: “lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si la calle, las nubes y la existencia de los otros tiene algo que decirnos…” me pareció pertinente dialogar personalmente con algunas ideas expuestas por Montaigne.

            Ahora bien, tomando como referencia que un ensayo es un paseo por la mente del escritor, diría que Montaigne tiene un pensamiento ordenado; como hemos visto él va de una idea, a una descripción de sí mismo, nos da una comparación de cómo lo hacía Platón (en este ensayo), regresa a su condición actual, habla de su filosofía, nos aconseja, vuelve a su estado, nos comenta sus puntos de vista personales (que al final de cuentas vuelve a ser su filosofía, que está íntimamente ligada con sus raíces griegas), da ejemplos que apoyan sus puntos, y así continúa reproduciendo estas secuencias de: ¿se podría decir pensamiento, escritura?

            Me parece que, en este ensayo, Montaigne, presenta algunas dualidades que construye desde la nostalgia; desde ese cambio de paradigma que se ocasiona en nosotros cuando envejecemos. De la excesiva alegría ha pasado a la excesiva seriedad ocasionando que ahora deba defenderse de la misma templanza, así como en otros tiempos se defendió del placer.

A partir de esa lucha interna -en donde sin éxito intenta ganarse a su espíritu y separarlo de decaer con el cuerpo- expone a los jóvenes frente a los viejos; el amor contra el matrimonio; la ociosidad estancada y adormitada versus el trabajo arduo y penoso; y el espíritu en contraste del cuerpo, pues aún hermanado al cuerpo, el espíritu tiene la facultad de escapar a la vejez, y nos aconseja, de hecho, que lo haga: que rejuvenezca, que florezca un tiempo”, por lo cual, me parece que sí se pueden tomar como categorías separadas.

Asimismo, nos muestra que la filosofía (su filosofía) obedece al equilibrio, expone las ventajas y desventajas de cada extremo de las comparaciones que hace, a favor, diría yo, de una palabra con la que algunos desdichados hemos tenido problemas: la mesura. Muchos intentamos tener un “alma instruida para afrontar los infortunios” ejercitándola sin ninguna clase de moderación y calma, por el contrario, “doblegamos a nuestro espíritu muchas veces con obligaciones imaginadas con tal de excusar nuestra negligencia con respecto a nuestras obligaciones naturales”.

Me pregunto cuáles son mis obligaciones naturales y si dentro de todo el ruido que produce el vivir en el centro de una cuidad, el estar conectada al internet -que es como estar en contacto con miles de personas-, estar sometida a la agresiva propaganda que nos fuerzan a ver, no dañe tan profundamente mi concepción de obligación natural que no esté ya empezando a considerar más importante pasar toda la noche sin dormir pensando en si mi exposición sería agradable a los demás, y no en descansar o pensar si acaso me agrado a mí misma: “en efecto, la innumerable muchedumbre de tantos deberes anega nuestro afán, lo debilita y disuelve. La aplicación a las cosas menudas nos aparta de las justas”. ¿En qué monstruoso animal me he convertido para copiar el horror que algunas personas se tienen a sí mismas y pensar que mi cuerpo, a pesar de rebozar de salud, fuerza y elasticidad, es feo por no tener prominentes pechos y un trasero que no es naturalmente posible tener sin cirugía?

Como una fanática cualquiera también he creído honrar mi naturaleza al desnaturalizarme… (Sin embargo, a la pregunta que lanza Montaigne: ¿Acaso no desea ninguna ese noble trueque socrático del cuerpo por el espíritu, y adquirir, a cambio de sus muslos, una relación y generación filosófica y espiritual? Yo respondería enseguida que sí, siempre y cuando se me permitiera mantener mi salud física en ese cambio).

Claro que tenemos bastantes incomodidades necesarias como para aumentarlas con nuestra inventiva, pero cómo saber cuáles son mis propios vicios si tengo tan próxima a tanta gente, la fuerza de mi imaginación es grande también y el escuchar a alguien quejarse por no tener los ojos más grandes cuando sobrepasan el tamaño de los míos me hace pensar que debo ser un adefesio: “lo que miro con atención, me imprime fácilmente alguna cosa suya. Lo que observo, me lo apropio: un gesto necio, una mueca desagradable, una manera de hablar ridícula”. ¿Cómo estudiar los vicios nosotros los mortales que, aunque procuremos buscarnos hasta las entrañas, no podemos discernir qué realmente nos pertenece? ¿Cómo darles una sacudida?

Por ejemplo, mi padre me contó que cuando era muy pequeña solía comerme a las arañas patonas, les quitaba las patas y degustaba la bolita negra que quedaba. Aterrada en un principio por un comportamiento tan contradictorio con mi ser actual, me preguntaba qué había pasado, cómo pasé de agarrar y comer arañas a sentir una infinita desesperación con tan solo imaginar que un insecto toque mi piel, me dan ganas de gritar y salir corriendo. Un día, le pregunté a mí padre si me había picado o mordido algo alguna vez para explicar mi cambio de comportamiento.

Él confesó que al tener una amiga a la cual tuvieron que hospitalizar a su hijo durante dos semanas, pues estuvo al borde de la muerte tras comerse una cucaracha, mi padre consideró pertinente asustarme cada que veíamos un insecto… le funcionó, me alejé completamente de ellos. Ahora, aproximadamente 20 años después, los admiro, las hormigas son de los mejores ejemplos que hay para explicar los sistemas emergentes e incluso, su estudio está íntimamente relacionado con la creación del software. ¿Conocen ustedes la macrofotografía en los insectos? Es impresionante.

A partir de notar que tan influenciable soy, o somos, ¿acaso podríamos asegurar que las mujeres somos naturalmente celosas, y estamos “impregnadas de sospecha, vanidad y curiosidad”? O es la sociedad y la educación quien señala que no se debe confiar en el sexo opuesto y, si en algún momento se te engaña, se critica tu confianza, y no la traición de aquél o aquella. Los psiquiatras han reconstruido la estructura que los celos marcan en nuestros cerebros, qué es lo que ocurre para que la parte “razonable” no nos funcione. Es un estado bastante primitivo en donde a fuerza de malas experiencias, o experiencias contagiadas, nuestra mente corta los procesos neuronales normales haciendo que el individuo, sin ninguna secuencia lógica, se adelante a un final imaginado donde se repite el mismo escenario que le causo dolor en el pasado. Como una criatura que ha sido golpeado por sus antiguos dueños tiembla y huye con la presencia de los nuevos, aun cuando éstos no presenten el mismo patrón que los anteriores.

No creo que se equivoque Montaigne en decir que los celos son, entre las enfermedades del espíritu, aquella a la que más cosas sirven de alimento y menos cosas de remedio, en verdad que corrompe lo bueno y hermoso, dejando a la víctima en un estado del que muchas veces no puede salir, ya sea porque no logra identificar esa estructura fallida en su mente o por falta de herramientas para vencerse y enseñarse a cambiar.

Montaigne es algo duro al expresar su odio por los espíritus hoscos y tristes que pasan por encima de los placeres de la vida y se aferran a las desgracias nutriéndose con ellas. En mi experiencia, ese tipo de personas tienen daños estructurales, o su cerebro no está del todo sano y funcionando como debería: “La naturaleza humana tiene sus límites” -como escribió alguien allá en la Alemania de 1774-; “puede soportar hasta cierto grado la alegría, la pena, el dolor; si pasa más allá sucumbe. No se trata, pues, de saber si un hombre es débil o fuerte” o si es su elección ignorar los placeres y abrazar las desdichas, “sino de si puede soportar la extensión de su desgracia, sea moral, sea física; y me parece tan ridículo decir que un hombre que se suicida es cobarde, como absurdo sería dar el mismo nombre al que muere de una fiebre maligna”.

Con todo, puede que gran parte de nuestros males como sociedad se incrementen en aquellas expresiones marchitas, como menciona Montaigne, que habitan entre nosotros como, diría yo: “la mujer y el vino engañan al más fino”, no lo sé…  A nadie nos resulta novedoso que la educación, académica como social, de la mujer -y la verdad diría yo que la de la mayoría de los humanos- haya sido contradictoria, dificultándole más a cada individuo hallar qué es ya parte de sí mismos, y que es solo apariencia: “¿qué piensa ganar exhibiéndose al mundo enmascarado, hurtando su verdadero ser al conocimiento del pueblo?” a veces nada, a veces uno no puede evitarlo y lo ocultamos a los demás porque se encuentra oculto en nosotros.

Montaigne pone el ejemplo de cómo se les educa a las mujeres según su interés (de los hombres) no según su naturaleza, como se les educa para el amor cuando su destino es el matrimonio que nada comparte, a su entender, con el amor. Uno se casa para su familia, no para uno mismo, dice, el matrimonio se nutre de amistad más que de amor… y “si se forma bien y se considera bien, no hay elemento más hermoso en nuestra sociedad”. No podría estar más de acuerdo, pero claro que si uno busca originalidad habría que recordar que “todas las familias felices se parecen entre sí, las desgraciadas lo son, cada una a su manera”.

Tal vez nos vendría bien hacerle como Montaigne: escribir en casa, en un país salvaje, donde nadie nos ayude ni corrija para poder presentarnos “al natural”, y una vez teniendo claro quiénes somos, aun cuando seamos una multitud

Sí, me contradigo. Y ¿qué? (Yo soy inmenso… y contengo multitudes)

podremos añadirnos mesura y moderación, darle a nuestro espíritu lo que necesita, ya sea amor en la vejez, prudencia y amistad en el matrimonio. Seamos sensatos, pintémonos a nosotros mismos, pero no escondamos nuestra vida, ni intentemos huir y culpar a los otros o al entorno de nuestra desdicha, incluso si ellos fueron la causa. Así que, para finalizar esta breve exposición, me gustaría traer a cuenta un viejo poema:

Dices: “Iré a otra tierra, hacia otro mar y una cuidad mejor con certeza hallaré. Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado, y muere mi corazón lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez. Donde vuelvo los ojos solo veo las oscuras ruinas de mi vida y los muchos años que aquí pasé o destruí”.  

No hallarás otra tierra ni otro mar. La cuidad irá siempre en ti. Volverás a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás. Pues la cuidad siempre es la misma. Otra no busques -no la hay- ni caminos ni barcos para ti. La vida que aquí perdiste la has destruido en toda la tierra.

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