Marco Aurelio y los límites del imperio


Hace algunos años, no importa cuántos exactamente, teniendo a mis pensamientos ahogados en un agua muerta, y con una noche sin paredes en el alma, decidí que era momento de acudir a los grandes filósofos del antaño mundo. Es un modo que tengo para lidiar con el spleen y arreglar la circulación. Cada vez que la vida me parece insostenible, cada vez que necesito delimitar mis horizontes para no perderme en esa insoportable levedad y, especialmente, cada vez que me falta aquel silencio verde de las altas montañas porque la vida en la ciudad llena al ruido de furia, entonces entiendo que es momento de releer a Marco Aurelio tan pronto como pueda. Sabrá concluir el lector que es el sustituto de la pistola y la bala. Más aún, sabe que no hay nada sorprendente en esto, pues casi todos los hombres, sea cual fuere su condición, han tenido sentimientos muy parecidos respecto a cómo conducir su existencia.
Tal parece ser el caso de Pablo Montoya, escritor colombiano, quien también aprendió a susurrar sus reflexiones, o como Aretas las nombró: “Libros escritos para sí mismo”. En una entrevista, Montoya dijo que empezó a escribir este libro en la pandemia, cuando necesitaba un respiro de los últimos temas a los que había dedicado su narrativa: escribí la novela porque quería mostrar un mundo en crisis, y en cómo sería posible tratar de evitar que ese mundo se fuera al carajo a través de la filosofía. Coincidimos en que la COVID-19 nos lanzó al siglo II.
Marco Aurelio y los límites del imperio es una novela que se presenta como una larga introspección en la memoria del César, un tipo de recuento de su vida y allegados que, para el momento en el que está narrando, no son más que esqueleto y polvo. Arranca en medio de la gran pandemia que azotó a Roma en el 167 d.C., Lucio Vero acababa de regresar victorioso de la guerra; resplandeciente, con sus ropas purpuras, bien podía ser confundido con un dios. Roma entera se tendía a sus pies… aunque sin saberlo (narra Montoya) -porque ella se paseaba ya entre la gente con una máscara que la volvía irreconocible-, le estábamos dando la bienvenida a la peste.
El ejército romano expandió la enfermedad por todo el imperio. Durante esa epidemia, Galeno, el famoso médico griego, estuvo presente en un brote entre las tropas estacionadas en Aquilea; le tocó trabajar directamente con el emperador Marco Aurelio y el ejército en el momento en que la peste alcanzaba su punto álgido. Sus observaciones directas y la descripción de los síntomas se encuentran en su tratado Methodus medendi, en donde menciona fiebre, diarrea y la inflamación de la faringe, así como una erupción en la piel, a veces seca y purulenta, que en ocasiones aparecía en el noveno día del padecimiento. Dicha información no esclarece la naturaleza de la enfermedad, sin embargo, los estudiosos han preferido diagnosticarla como viruela.
El libro está narrado en primera persona; se ubica en los últimos días que vivió Marco Aurelio -allá en los límites del imperio romano. Esa categoría marginal en la que está situado el protagonista le permite al autor acercarse mejor al emperador. Además, se estructura en Meditaciones que está constituido en doce libros; su novela tiene también doce capítulos, y el primer y el último capítulo tienen doce partes. Montoya, utiliza algunos pasajes de Meditaciones para crear párrafos o continuar la narración, a veces es su hilo conductor.
De la misma forma en que Montoya y yo estuvimos inmersos en la roma antigua durante el globalizado encierro, así nos encontramos también en la enfermedad. Él dejó de leer y de escribir por unos cinco o seis meses, yo casi dos años. A ambos se nos cayó el piso al afrontar una depresión tremenda. Puede ser que, por ello, de alguna forma encontramos refugio en algunos preceptos estoicos, pues -dicha filosofía- ayuda a transitar este mundo que no controlamos, a entender la fugacidad de la vida, a filosofar para aprender a morir.
Los estoicos estructuran su edificio conceptual en torno a la lógica, la física y la ética, entendidos como una misma parte del universo racional que estudian. Pretenden “confiar solamente al logos el timón del alma”, y para ello es necesario que el hombre se valga de algunas virtudes: prudencia, justicia, valor y templanza. La moral estoica tiene un interés por los otros, por la colectividad, lo que no es bueno para la colmena, no es bueno para la abeja.
Busca disciplinar la inteligencia con el fin de domar al carácter. Vigila que nuestro espíritu esté sin vejación ni daño, más fuerte que los placeres o sufrimientos, que no haga nada al azar, ni con mentira y fingimiento. Nos recuerda despejar nuestras vidas: hay que acordarse ante cada acción: ¿no será de las innecesarias? Tan difícil es saber cuáles son nuestras obligaciones naturales y cuáles las artificiales, como busca depurar Montaigne, o Bernardo Soares: nunca debe hacerse hoy lo que puede dejar de hacerse mañana.
A ningún lugar más tranquilo debería retirarse un hombre que a su propia alma; el bienestar es el buen orden interior y su educación. Uno de los adiestramientos espirituales que plantea en sus Meditaciones es el imaginar cómo sería vivir alguna desgracia como la muerte de un ser querido, o el despojo de nuestros bienes. Marco Aurelio y los límites del imperio me ejercitó en uno muy doloroso.
Cada que puedo, llevo a mi bebé y a mi esposo a dar paseos por espacios que huelen a hierba mojada; en los que puedes saborear el canto de las cigarras. Los árboles y las partes acuáticas del mundo, me ayudan a calmar mis tormentas internas; la forma de las hojas reflejadas en los pequeños ojos de mi hija, me renuevan. Es por ello que, tal vez, me conmovió hasta la médula el pasaje en donde describe la muerte de Annio, un hijo de Marco Aurelio: entre tanto, los sufrimientos del niño arreciaban. Sus ojos dejaron de ser los dos remansos azules en los que gustaba verme reflejado, para volverse un par de charcos turbios. Semana tras semana me cercioré de que su brillo no disminuyera, siendo cada célula suya nueva, no ocurrió tal desgracia. Empero, la reflexión quedó: Ese reza: “ojalá no pierda a mi hijito”, tú: “ojalá no tenga miedo de perderlo”.
Cabe mencionar el gran trabajo de Montoya al investigar acerca de la vida del mencionado Augusto debido a que Meditaciones no nos ilustra sobre los acontecimientos acaecidos durante su época en el poder, breves pinceladas dispersas sobre sus gustos y sus anhelos; soliloquios de un emperador preocupado por construirse una ciudadela interior, como diría Hadot. Son, fundamentalmente, un tratado sobre los comportamientos, actuaciones y justificaciones del hombre. Tal vez eso explique su éxito casi dos mil años después.
En esta obra vemos a un emperador humanizado. Ya lo había dicho Tolstói en Algunas palabras a propósito de Guerra y paz: Para el historiador, (…) hay héroes; para el artista, que describe la relación de este personaje con todas las facetas de la vida, no puede ni debe haber héroes, sino seres humanos. Por lo que las libertades que se toma Montoya al reconstruir a Marco Aurelio, no me parecen desaciertos, sino la comprensión de que ese famoso personaje público fue un mortal. Es difícil pensar que alguien a quien la cópula no le parece más que un frotamiento de entrañas y cierta secreción de moco en medio de una convulsión, tuviera una concubina tras la muerte de su esposa. Montoya, lo trae de vuelta de esa santificación que se le ha hecho, nos encontramos con un hombre con deseos y temores, que experimenta su sensualidad. 
Dentro de ese largo monólogo sobre la partida, Montoya sigue esa tradición tolstoiana que vemos en La muerte de Ivan Ilych: Buscó ese temor a la muerte que lo había acompañado a lo largo de toda su vida y no lo encontró. ¿Dónde estaba? ¿Qué muerte era esa? Ya no albergaba ningún temor porque la muerte no existía. En su lugar había surgido una luz. Así se le ocurrió que, al morir, Marco Aurelio también divisaría una luz, pero sería un lirio, y en uno de sus pétalos, encontraría una gota de rocío que concentraría el albor de todo el universo.
Nuestro emperador filósofo elabora unas conjeturas acerca de la guerra que me resultaron muy acertadas, dice: …es el ritmo inherente al desarrollo de las civilizaciones, (…) es una ley de la naturaleza y la condición humana, y es que ¿cómo deciden unos hombres empezar a matarse unos a otros? La historia está tan llena de incesantes conflictos e incontables deducciones retrospectivas sobre las causas que esa gran cantidad de explicaciones conduciendo a un mismo fin solo expone que ninguna de ellas puede considerarse como la verdadera.
Coincido en que parece que la guerra ha sido algo tan inevitablemente necesario que, como escribió Tolstói: los hombres cumplían con la ley elemental y zoológica que cumplen las abejas cuando se aniquilan unas a otras con la llegada del otoño, puede que sea una incapacidad humana para trabajar en equipo a gran escala, o bien, la mismísima propiedad de extinción de todo sistema emergente.
Para finalizar, me pareció increíble la amistad mostrada entre Marco Aurelio y Livio Tertulio, pues a partir de Tertulio, se cuestiona al imperio expansionista, sometedor y militarista; aquel que no ha podido instaurar la verdadera justicia. Es el autor entrando en su propio universo para hablar y confrontar a su creación. Marco Aurelio era un hombre que valoraba la paz, pero estaba sometido a continuar las leyes romanas, así como a mantener la esclavitud y la desigualdad de géneros.
Navegué maravillada esa conversación, en donde creo que Pablo Montoya se permite cumplir el sueño de algunos de nosotros: hablarle directamente a Marco Aurelio como su igual intelectual: Tú, como estoico que eres, existes para conservar un mundo. Yo, como escéptico, acaso para tratar de transformarlo.

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