De las moscas
Odio el espíritu hosco y triste que pasa por encima de los placeres de la
vida y se aferra a las desgracias, y se nutre con ellas. Hacen como las
moscas, que no pueden sujetarse a los cuerpos lisos y bien pulidos, y se
adhieren a los lugares escabrosos y ásperos, y reposan en ellos…
Mi tío Emile se gana la vida estudiando el ADN de las moscas -Drosophila melanogaster-, hace estudios comparativos en el que se utilizan millones de secuencias genéticas para
encontrar similitudes con el ADN humano, al parecer, genéticamente hablando, somos muy parecidas a ellas. Yo diría que incluso en otros términos nuestras semejanzas son notorias, ellas también se saturan con actividades de toda índole para nunca tener que descubrir que: no soportan estar con ellas mismas,
¿preguntas qué es, a mi juicio, lo que debes evitar ante todo? La multitud.
Su agenda parece siempre estar ocupada en actos que cualquier cristiano calificaría de abominables: devorar cadáveres en descomposición, propagar enfermedades, dañar nuestros cultivos, parasitar mamíferos, cazar libélulas. No me queda duda de por qué el imaginario popular occidental las haya asociado con el diablo y la muerte, pero intentemos no juzgarlas tan aprisa, hay días que, como en cualquiera de nosotros, germina un acto
bondadoso desde lo más profundo de su corazón entregándole una flor al mundo.
Literalmente, este acto se reduce a polinizar a las plantas y nada más.
Algunos incluso podríamos sentir envidia de su simpleza, como humanos tenemos
todo un catálogo infinito de actos empaticos que muchas veces nos reducen a la inactividad por tan abrumadora cantidad de opciones. Víctimas de La paradoja de elección, nos encontramos desmotivados y, acostumbrados a tan estresante dinámica, solo volteamos
la mirada,
Ninguna llaga se sintió, que por luego tiempo no aflojase su tormento.
Así, no me parecería extraño que algunas personas llegaran a pensar que, siendo mosca, los deberes naturales justificarían a los espíritus melancólicos y errantes, pues estos podrían volar cabizbajos y solitarios en búsqueda de muerte, caos; sin que nadie se extrañara. Sin embargo, hasta donde sé, no hay registros de moscas con depresión. Además,
dudo mucho que pueda pasar desapercibida una mosca que carga a una tristeza del tamaño de Luvina...
El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca… hasta se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno.
Es bastante obvio que incluso entre los insectos no esté bien visto que una mosca ande de aquí para allá lamentándose, y debido a cuán peligroso es ante nuestros ojos aquello que no entendemos [uno se forma siempre ideas exageradas de lo que no conoce] lo más probable es que sean víctimas de actos racistas efectuados por otras moscas, o, dicho de otro modo,
sean masacradas por selección natural.
¿Ahora cómo consolamos a esas almas tristes que, al ser comparadas con tan
distinguido insecto, comenzaban a sentirse por fin como en casa? Bueno, algunos aconsejan recordar más seguido que nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de
vida y costumbres, y si la ¡primavera, adorable, ha perdido su aroma!, muy seguramente la habrá perdido también para el reino de las moscas.
No hay escapatoria posible al huir de nosotros mismo; la evasión es un camino hacia ninguna parte.
Sigmund Freud tiene un ensayo al que llamó “Transitoriedad” en donde habla de unabconversación que tuvo con un joven poeta amigo suyo. En él, Freud se sorprende de cómo todo aquello que su compañero podría haber amado le pareciera carente de valor a causa de
la transitoriedad a la que estaba sometido. La idea de que hemos perdido los objetos que antaño abrazábamos con amor, según Freud, produce la cólera que sentimos contra nosotros mismos, siendo ésta la clave de la melancolía. ¿Qué habremos perdido como especie paran que algunos de nuestros integrantes tengan ese sentimiento?
Copérnico, Copérnico, don Eligio mío, ha echado a perder a la Humanidad
irremediablemente.
Si lo pensamos sin irnos muy atrás en la historia, puede que sentirse el centro del universo y después pasar a ser escuetos sedimentos que habitan un granito de tierra, sin guía y solos, haya ocasionado -o agravado- alguno de nuestros profundos daños anímicos...
Hemos renegado de Dios, pero todavía no sabemos levantarnos sobre las dos piernas sin un apoyo, sin algún mito que nos sirva de muleta.
Nos vemos ante una dolorosa verdad, el mundo no sabe curarse. Está tan impaciente ante lo que le oprime que busca solo librarse de ello, sin mirar a qué precio.
Es sabido que como humanos necesitamos creer en algo, algo que nos permita trabajar colectivamente, sin ello no podrían existir civilizaciones. Sin un mito en común, los sistemas humanos colapsarán con la presencia de más de 150 individuos, nuestro
superpoder como especie, dicen, es la de unirnos.
Leí que de las nueve causas que causan depresión, cuatro son biológicas y cinco
contextuales; como sociedad, somos ineficientes en satisfacer esas necesidades psicológicas subyacentes. Algunos especialistas están recetando la “Prescripción social”: reconectarse
con algo más grande que nosotros, sentir dicho superpoder. Lo que estás personas dejaron en el apartado que nadie lee, es que para que el resultado sea satisfactorio, los pacientes deben hacer una introspección que tiene como daño colateral encontrarse frente a verdades
incómodas, como la es: todos vamos a morir. No creo que, como dicen,
La dignidad del hombre consiste en su habilidad para encarnar la realidad en todo su sinsentido y reírse de ella.
sea el hombre poco instruido el único que siente terror ante la idea de un espacio inmenso, nocturno, vacío; incluso el erudito debe estremecerse. Pienso que todo ser tendría que saludarse como igual al pasar por ese espacio; las tristezas acentúan toda semejanza. La melancolía se ofrece a todos ellos como asiento para el único y gran acto de su existencia:
el paso del tiempo,
Life it is a tale told by an idiot, full of sound and fury, signifying nothing.
Diría que la portentosa vitalidad de la muerte es la razón por la que algunos se escapan de esos sitios
La gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas
de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.
Y entonces luchan, emergen de las sombras. Ellos ya no pueden ser comparados con las moscas, Rage, rage, against the dying of light.
Italo Calvino aconseja, para no sufrir este infierno -aquel irremediable que tocaremos cuando hagamos nuestras primeras introspecciones- : a) aceptemos el infierno y nos volvamos parte de él al punto de dejar de verlo, o b) busquemos y sepamos reconocer quién y qué no es infierno, y hacer que dure, darle espacio. La historia del astronauta ruso, el primer hombre que fue al espacio, es un gran
ejemplo de la determinación humana por no sucumbir ante ese perro negro.
Ahí va en una gran nave espacial, de la cual la única parte habitable es muy pequeña; así que el astronauta está dentro, con una pequeña escotilla, mira por ella y ve la curvatura de la tierra por
primera vez. Nadie nunca ha visto nuestro pequeño planeta azul desde el espacio. Absorto, un extraño tic tac comienza a salir del panel del mando. Maldice, y saca sus herramientas, pero no encuentra de dónde proviene el ruido, así que intenta ignorarlo.
A las pocas horas comienza a sentirlo como una tortura. Pasan algunos días y sabe que ese sonido va a quebrarlo. Está enloqueciendo. ¿Qué hacer?, se pregunta, le quedan aún veinticinco días más de vuelo, por lo que -sin otro remedio- decide que solo salvará su cordura enamorándose de él. Cierra sus ojos e intenta imaginar el ruido, pasan algunas
horas. Cuando los abre, el astronauta ya no escucha el tic tac, oye música. Así es como transita el resto del tiempo navegando por el espacio en total felicidad y paz. Fin.
Ya se ve qué tan elásticos se vuelven nuestros rígidos prejuicios una vez que viene a plagarlos el amor. Menuda solución. La había leído años antes en los Relatos de Thomas Mann, pero en ellos
es un hombre enamorándose de sus ruidosos vecinos, y para fines prácticos, prefiero recordar una cápsula espacial que un triste departamento, aun cuando el resultado de ponerla en práctica sea el mismo -independientemente de la versión que me cuente a mí misma: fallido.
Eso de enamorarse de lo que a uno le disgusta jamás me funcionó. Traje a cuento esta historia porque esperaría que a alguien más sí le funcionará, porque se puede decir que es una “noble” herramienta para ser menos desdichado. Aunque, tal vez, solo la escribí porque mi pensamiento está íntimamente ligado a los ecos de las voces de todos los autores que he leído. Ellos resuenan en la materia gris de mi cabeza y algunos, no siempre lo más listos, encuentran la forma de aparecer en mis discursos. Confío
en que sea debido a la primera opción.
No creo haber encontrado aún a alguien mejor que Michelle de Montaigne para
permitirle al alma dejar de ser una mosca gorda y vieja, no solo porque él mismo fue quien hizo esa comparación, sino porque en el mundo uno encuentra con mayor frecuencia el consejo que el consuelo.
y él, más que aconsejar, o decirnos qué hacer, nos muestra cómo lo hace. Uno se siente acompañado de esa forma, entendido; localiza a una especie de cómplice del cual no debe esperar regaños infundados. ¿Qué mejor remedio para la desesperanza, en la mayoría de los
casos, que el tipo de introspección por el que aboga Montaigne?
Muchos desacreditan la importancia de identificar nuestros deberes naturales
llenándose la cabeza de falsas promesas de plenitud: dinero en exceso, lujos, apariencia. No existe un sola anécdota de alguien que haya sido plenamente feliz por solo satisfacer tales menudencias. Nos han entrenado para buscar la felicidad en lugares equivocados, vivimos
en una sociedad con un diseño que nos hace descuidar lo importante de la vida, lo que nos hace plenos.
No diría que de entrada sea fácil comprender la filosofía de Montaigne, y más aún, uno nunca termina de llevar a cabo una introspección satisfactoria. Es un trabajo constante y arduo. Arrancarnos actitudes, ideas y rutinas
El mundo está poblado de nuestros gritos, pero la costumbre ensordece.
a los que nos hemos habituado pero que ahora descubrimos dañinas, ajenas a nuestro ser, es doloroso. Cuesta mucho encontrar el valor y el coraje para
cambiar
Man, sometimes it takes you a long time to sound like yourself.
para no terminar como un personaje chejoviano. En ese proceso, la soledad nos reclama, nos aísla un tiempo poniéndonos a prueba; pero, a la par, nos concede libertad al destruir todo lazo superficial con el mundo
¿Por qué no soñar con felicidad, retener el luminoso presente y jugar con él, como con una pompa de jabón?
Es necesario haber deseado morir para saber lo bueno que es vivir. Puede que
solo así, se halle el propio sentido y definición del ser, es preciso encontrar una verdad, la verdad es para mí hallar la idea por la que yo quiero vivir y morir.
Toda mi vida pensé que mi verdad radicaba en encontrar a la parte de mí misma que Júpiter me amputó, a mi alma gemela. Ahora estoy reformulando esa idea, tal vez existir por uno mismo pueda ser suficiente, podría ser que uno no tenga por qué buscarse entre los demás
qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido.
Me siento cómoda con mi
insondable pequeñez; I a universe of atoms, an atom in the Universe, aun así, no sé si en realidad las personas puedan deshacerse de aquellas ideas centrales que les dieron el aliento que necesitaron en sus peores momentos; Ya no estoy muerto; estoy enamorado.
Deshacerme del sueño de volver a ser un único ser, me parece una empresa casi imposible.
¿Qué otra estructura mental tendría el poder de mantener a mis partes unidas y funcionales? Habría que cuestionárselo otra vez a Montaigne, y si él no nos contesta, señor una
golondrina sola no hace verano, roguemos encontrar más voces que nos acompañen en ese solitario trayecto.
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