“FRENTE A LA MUERTE LAS EMOCIONES SE TENSAN, SE ESTIRAN, SE ROMPEN CASI…”

 

Andrés Neuman (1977) es hijo de músicos argentinos, sin embargo, terminó de criarse en Granada, en cuya universidad fue profesor de literatura latinoamericana. En la actualidad, escribe regularmente en su blog Microrréplicas, y sus libros están traducidos a más de 20 idiomas. Entre sus novelas destacan: Bariloche (Finalista del Premio Herralde y elegida entre las revelaciones del año por El Cultural), y El viajero del siglo (obtuvo el Premio Alfaguara, el Premio Tormenta y el Premio de la Crítica, otorgado por la Asociación Española de Críticos Literarios). Hablar solos fue elegida entre los mejores libros del año por el diario La Vanguardia; nominada al International IMPAC Dublin Literary Award, al Best Translated Book Award y al Oxford-Weidenfeld Translation Prize; y seleccionada como número 1 entre los 20 mejores libros del año por Typographical Era.

El argumento de esta novela es acerca de cómo una familia experimenta la enfermedad y el fallecimiento de Mario, el padre. Aborda temas como la soledad, el padecimiento, el duelo, el cariño paternal, entre otros; desde la perspectiva de Elena, su esposa, de Lito, su hijo de 10 años, y de él mismo. Debido al poco tiempo de vida que le queda a Mario, decide irse de viaje solo con Lito en un camión llamado Pedro, por ser un Peterbilt -un Optimus Prime cualquiera-. Es la última travesía que podrá realizar junto a su hijo, puesto que sufre de cáncer y su tiempo se agota. A Lito deciden no decirle nada acerca de la condición de su padre, y Elena permanece en casa, esperando, en duelo.

Neuman, dedicó Hablar solos a su padre: “A mi padre, que es también una madre”; precisamente esa figura paterna que construye el autor, la relación entre Mario y Lito, fue lo que más me conmovió. En Microrréplicas, escribió este pasado mes de mayo una nota llamada “Salir”:

Salir por fin a la calle tras el confinamiento, no con sensación de libertad, pero sí de cierta amplitud, me resultó una experiencia vagamente onírica: todo lo real parecía una frágil representación, un simulacro de algo que estaba a punto de desvanecerse de nuevo. Moviéndome por ese espacio recuperado no sentí alegría ni euforia, sino una asombrada vulnerabilidad, una emoción subterránea. Lo más memorable fue encontrarme a distancia con mi padre, que es enfermo cardíaco, después de meses sin vernos. Nos saludamos a la nipona en un parque cualquiera, nos sonreímos sólo con los ojos y nos pusimos a caminar juntos, en paralelo, mirando fijo al horizonte.

Siempre he sentido más afinidad por mi papá. Me gusta pensar que Neuman también.

Ahora bien, Lito habla desde el presente del viaje, en sus capítulos no se profundiza en otras situaciones, ni progresa con los eventos que describe Mario y, posteriormente, Elena. Al leerlo, en efecto se siente como escuchar a un niño a quien le aburre un poco la música de su papá por ser toda vieja. Sus emociones aún no están del todo reguladas. Por un lado, él no puede evitar sentir indignación porque Mario no sabe cómo no funcionan los videojuegos, así que se cruza de brazos. Por el otro, le agrada cuando su papá pasa un brazo por encima suyo, incluso cuando “su brazo huele a sudor y un poco a gasolina”, eso le gusta, y podemos suponer que le gusta por el simple hecho de que se trata de su papá.

Para Lito ese viaje es un sueño vuelto realidad, se siente tomado en serio “es lo bueno de tener diez años y compartir un camión”, y al no saber de la enfermedad de su padre, sus miedos se reducen a que sus papás discutan, o que su papá grite. Sin embargo, de alguna forma es consciente de que algo raro está ocurriendo, ya puede ganarle a su papá al correr, nota que antes comía mucho y que, en ocasiones, de pronto Mario parece de mal humor.

Elena escribe en el presente que se va desarrollando conforme avanza la historia, espera que su hijo vuelva contento: sabe que su marido ya no va a volver. En sus episodios vemos lo que la enfermedad de su esposo ocasiona en su persona:

No hay nadie aquí. No hay nadie en mí. La que llora, la que come, la que duerme una siesta, la que va al baño es otra. No me decido a ver a mis amigos, porque siempre me preguntan lo mismo. Ni tampoco a huir de ellos, porque me da miedo que dejen de preguntarme. Cuando me acuesto, mientras cierro los ojos, fantaseo con que no me despierto. En cuanto abro los ojos, el techo se me cae encima.

No tiene sosiego, sus nervios no se calman ni cuando lee, pues pareciera que todas sus lecturas le hablan de su estado actual. Juan Gracia Armendáriz, John Banville, Cynthia Ozic, Margaret Atwood, Helen Garner. Mario Levrero, Richard Ford, Virgina Woolf, Mallarmé, Cesar Aira, son algunos de los nombres que Elena cita o menciona.

Este atormentando personaje no navega, naufraga en las líneas que escribe, entre las aspirinas, los antidepresivos, los cafés cargados: “las pastillas no bastan. Ni para él ni para mí”, sabe que de alguna forma está siendo saqueada por dentro, que esa energía que le está dedicando a Mario no es suya, se la infunde él: “criar a un niño y cuidar a un enfermo tiene eso en común: ambas tareas te demandan una energía que en realidad no es tuya. Te la infunden ellos mismos, su ansioso amor, su miedo expectante. Y la reclaman de tu como olfateando carne fresca”. Cuando él muera, ella va a ser incapaz de reanudar su vida tal cual era: “¿Pero mi imaginación también ha enfermado? ¿Me equivoco anticipándome, ensayando una y otra vez lo que vendrá? ¿Eso me prepara para la pérdida de Mario?”

Desde mi parecer, uno de los momentos más desgarradores de la novela es cuando le notifican a Elena que Mario se puso muy grave en el hospital y ella intenta llegar:

Seguí corriendo. Sudaba a chorros. Me pinchaban las piernas. Me latía todo el cuerpo. Por la garganta me subía una mezcla de ardor y congelamiento. Me pareció que iba a escupir un pedazo de algo. Algo que rebotaba. Mientras corría así pensé en Mario. Ahora sí. Completamente. Solo en él. En su boca. Su nariz. Su aliento. En su respiración. Intenté ayudarlo. Traté de respirar con él. Me ahogaba. Nos ahogábamos. Imaginé su boca sobre la mía. Mis pulmones y los suyos. Imaginé que soplaba. Que soplaba tan fuere como para levantarlo de la cama, como para impulsarme hasta el hospital.

Tras la muerte de Mario, acompañamos en su soledad a esta viuda quien sabe bien que las desdichas tienen fecha de caducidad social, “toleramos, incluso nos agrada que los demás sufran, pero no hasta el punto de que nos salpiquen, eso ya es ‘un signo de desorden mental o mala educación’”. Elena entiende que lo próximo, que también le va a doler, será dejar entrar a la alegría.

Por último, tenemos a Mario quien narra desde el hospital, por lo que habla en pasado del viaje. Este personaje nos describe su proceso como enfermo terminal, la impotencia de no poder remediarlo, de las cosas que no pudo hacer y que ya no podrá: “ya habrá tiempo, decíamos, creíamos que sobraba, y de repente, o no tan de repente, ya no había”. Desde el día en que le dieron el diagnóstico su mundo se dividió en dos, el grupo de los vivos y el de los que van a morirse pronto, “todos empiezan a tratarte como si ya no formaras parte de su club”, “no solo la enfermedad, los demás también te quitan tu futuro, incluso la familia, ¿sabes?, no te consultan nada, ya no eres un pariente, eres sólo un problema colectivo”.

            Empero, lo que más dolor le causa es Lito, no saber qué pasará con la mentira, qué pensará de él cuando se entere, ¿será un buen tipo cuando crezca?, ¿se parecerá a su padre?, “me paso horas inventándote una cara, una altura, la voz no, la voz no puedo, es curioso, los cuerpos me los imagino, las voces las recuerdo, y visualizo la espalda, la nariz, yo qué sé, la barba, ¿tienes barda? No lo puedo creer”.

En sus capítulos, leemos una voz llena de nostalgia por el futuro que no podrá presenciar; por el pasado y sus recuerdos con Lito. Cuando dormían los dos en el camión, medio incómodos, pero juntos, apretados, sintiendo el respirar de su pequeño hijo, “me pasaba la noche entera eufórico, escuchando todos los ruidos…”. No hay un cierre entre Lito y Mario, este último mantiene su mentira hasta el final. Tal vez… “así serán las despedidas de verdad, ¿no?, fuera de lugar, torpes”.

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