El mito de las amazonas en Fray Gaspar Carvajal
Para
concebir el proceso de adecuación, me gustaría empezar con Ángel Rama, quien
nos explica cómo es que las ciudades americanas fueron remitidas a una doble
vida; por un lado, estaba la cuidad real que existía en el orden físico, y por
el otro, la cuidad letrada que vivía en el orden de los signos y requería de
una representación simbólica que solo se asegura mediante la palabra.
Ahora
bien, es importante entender que la configuración cultural de la Nueva España
se funda y se desarrolla al mismo tiempo que el signo deja de ser una figura de
mundo y deja de estar ligado por los lazos de la semejanza; las palabras se
separan de las cosas, los signos ya no necesitan de un referente inmediato y
pueden adquirir nuevos sentidos. Por ejemplo, en nuestro caso el mito de las
amazonas se ve en la mente de los conquistadores como un equivalente a riqueza
(Becco sugiere que esta leyenda de las amazonas es un nuevo intento de
certificar las riquezas que las mismas poseían, con armas de oro y aún dueñas
de tierras auríferas, algo que resultó concomitante o inseparable del mismo nombre).
Esta
cuidad letrada, o bien, el elenco intelectual dirigente -criollos- es capaz de
concebir la cuidad ideal, proyectarla antes de su existencia, conservarla más
allá de su ejecución material, hacerla pervivir aun en pugna con las
modificaciones sensibles que introduce el hombre y su entorno. Debido a esto es
que entenderé como adecuación a la amalgama que se produce en la crónica de fray
Gaspar Carvajal, (criollo que nació en Trujillo, España en 1500 y murió en
Lima, Perú en 1584; tras ingresar en la orden dominica en España, marcha a Perú
en 1533, dedicándose a la conversión de los indígenas).
Su
crónica: Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande de las
Amazonas (1540) yuxtapone los mitos españoles frente al orden físico de
américa, así como frente al mismo imaginario de los indios, sus leyendas y
creencias.
Este
trabajo sostiene la hipótesis de que esta adecuación es un antecedente de lo
que Mabel Moraña llama emergencia;
los sectores dominados en determinados momentos de la historia comienzan a
activarse hasta que generan respuestas sociales diferenciadas, unas formas de
conciencia subalternas. En la crónica de Carvajal, veremos cómo la
diferenciación no es tan clara aún, sin embargo, toma algunos elementos
indígenas y los adecua a su imaginario.
Contextualmente
nos ubicamos en el surgimiento del Barroco de Indias, que corresponde
históricamente con ese proceso de emergencia de la conciencia criolla de los
centros virreinales desde los que se establecían los nexos económicos,
políticos y culturales con el poder virreinal (asimismo, su sincretismo
cultural articula la mitología griega, las Sagradas Escrituras, la cultura
indígena y las idas y métodos más avanzados de la ciencia europea como partes
de una cosmovisión protonacional que convierte al Barroco de Indias en un producto
original, articulado actualmente a la circunstancia histórica de la Colonia y a
las condiciones concretas de producción cultural en la Nueva España, allí
radica la importancia de estudiar la adecuación).
Oviedo
dice que este barroco comparte algunos rasgos con el clasicismo renacentista,
en nuestro caso con la mitología grecolatina, empero, no es una copia de éstos,
pues en las letras americanas hay un saber creativo nuevo que asimila los más
heterogéneos influjos y los devuelve cambiados. Como veremos más adelante, en
la relación que vamos a estudiar no hay como tal un cambio radical del mito clásico
y popular de las amazonas, tan solo una adecuación que, sin embargo, presenta
ya chispazos de emergencia.
En
efecto, la adecuación comienza de los diversos mitos que vivían en la mente de
los conquistadores, y tal fue el impulso de la idea de haber encontrado un mundo
colmado de riquezas lo que los hizo explorar mares ignorados, selvas
impenetrables, ríos inmensos, montañas magnas; donde buscaban “quijotescamente”
tesoros fantásticos como la Fuente de la Eterna Juventud, El Dorado, El País de
la Canela, las mujeres guerreras Amazonas, etc.
En estos siglos xv y
xvi -descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo- Medina sostiene que
gran parte de las cosas que se percibían con la mirada, incluido el uomo
novo y sus costumbres, constituían mirabilia (Jaques Le Goff
establece el deslinde entre lo que hoy entendemos por maravilloso y lo que por
tal tenía el hombre en la Edad Media: lo que corresponde a nuestro maravilloso
es la palabra plural mirabilia y agrega que existe una continuidad de interés
por lo maravilloso entre la Edad Media y nosotros; pero que se debe considerar
que si nosotros vemos en lo maravilloso una categoría del espíritu o de la
literatura, la gente culta de la Edad Media y quienes recibían de ella su
información y eran formados por ella, veían en lo maravilloso un universo).
Ellos
“traían los ojos ansiosos de mirar maravillas, y las miraron” (en este sentido,
sus mitos se proyectan como utopías capaces de dar forma e inteligibilidad a lo
real, Díaz del Castillo, frente a los edificios aztecas piensa que ha venido a
parar entre “las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”; los
soldados se preguntan si lo que ven era entre sueños):
A partir de Colón
va a ver lo más nuevo del mundo con los ojos nublados del mundo viejo; y se van
a tratar de ajustar en una sola toda una serie de imágenes superpuestas: Colón,
a las de Catay y Cipango; los hombres del pueblo, al sentimiento mágico de todo
cuando habían venido escuchando; los bachilleres y letrados, a las novelas de
Chretién de Troyes, a los romances viejos y a los poemas caballerescos.
Becco
dice que ellos no se desligaron de las historias al enfrentarse con la realidad
para superarlas en fantasía, como en Walter Raleigh hablando de:
los ewaipanomas:
hombres que tienen la cabeza más baja que los hombros; de los Monocelos,
de pies tan grandes que le sirven de quitasol; de los Mantécoras, de
cabeza humana con tres hileras de dientes en cada maxilar, cuerpo de oso, pata
de león y cola de escorpión; de los Gigantes, de los Pigmeos, de las Amazonas,
de las Mandrágoras, de los Basiliscos, de las Sirenas, y de las aguas que
tienen propiedades letales a todas las horas fuera las del mediodía.
Esta
abundante enumeración que aparece a lo largo de las crónicas de las Indias se
acompaña también de grifos que despoblaron el valle Auacatlán, comiéndose a los
hombres, como menciona Francisco López de Gómora y explica Fray Toribio de
Benavente. Así como los gigantes, según las palabras de Pedro Mártir de
Anglería -sobre las primeras noticias de Colón-, estaban acompañados de
lestrigones y polifemos, alimentados de carne humana.
En
particular, el mito de las amazonas formaba parte de imaginario popular de la
época; y a partir de la idea de que los libros de caballería absorben las ficciones
del vulgo, que me gustaría proponer como ejemplo, para ver de qué forma las
amazonas figuraban como como personajes públicos en la mente de los
conquistadores, a Sergas de Espladían de
Garci Rodríguez de Montalvo, quien tan solo:
decidió explotar
la renovada leyenda, probablemente porque mientras escribía su libro llegó a
sus oídos que Colón había afirmado la existencia de amazonas en algunas de las
islas recién descubiertas. La resurrección de esta leyenda, ya ligeramente
postergada, con todo el valor de una noticia fresca, podría ser un tema sensacional
para los lectores, y por eso Montalvo elaboró cuidadosamente el emocionante
episodio de las amazonas en la continuación del Amadís de Gaula.
Este
libro de caballería Sergas de Esplandián rehabilita el mito que invade
el interés y codicia de los conquistadores.
Para
comenzar, nos gustaría explicar de dónde surge el mito de estas mujeres
guerreras para después ver la caracterización que hace Montalvo y, así,
terminar en la crónica de fray Carvajal. Las amazonas, según Blake Tyrrell
entran en la historia ática después de 575 a.c.
como adversarias de Heracles en pinturas de vasos con figuras negras (en sus rasgos
notables “las amazonas llevaban calzones a cuadros y botas y, en algunos casos,
vestimentas diáfanas, técnica introducida por Polignoto”).
Aparecen
de súbito, en toda su fuerza y al parecer sin antecedentes. La más antigua
versión escrita del mito nos la da Eurípides en su Heracles; aquí las
amazonas llevan armaduras y armas griegas (“Sus senos eran símbolo de las nubes
que riegan la tierra, como se comprueba con el culto a Artemisa, nodriza de la
Naturaleza, que ellas establecieron. También parecen representar la forma
femenina de los Centauro. En Megara, en Queronea y en Tesalia se conservan las
tumbas de las Amazonas muertas por Teseo y los atenienses. En la guerra de
Troya defendieron a Priamo hasta que Aquiles mató a la reina Pentiselea. En
África, otras Amazonas subyugaron a los Atlantes, numidas, etíopes y gorgones;
fundaron una cuidad a orillas del lago Triton, y fueron exterminadas por
Hércules”).
En
la Teseida Teseo rapta a una amazona y escapa llevándola a su hogar de
Atenas (Algunos dicen que Teseo tomó parte en la afortunada expedición de
Heracles contra las Amazonas y recibió como su parte del botín a su reina
Antíope, llamada también Melanipa). Las amazonas, como represalia, invaden el
Ática y sitian la Acrópolis de Atenas. El mito del rapto desapareció después de
las guerras, cuando los invasores persas llegados del este fueron equiparados
con las amazonas. La derrota de las amazonas era cantada como el rescate de
todos los griegos de la esclavitud a manos de conquistadores extranjeros. Se
olvidaron de Teseo y el rapto de la amazona, y esta hazaña se convirtió en
hecho de todos los atenienses.
Lisias,
en una oración fúnebre en que tal vez elogiara a los difuntos de un año,
durante la Guerra Corintia (395-386 a.c.),
lleva más adelante la creación del mito:
Hijas de Ares,
vivían a lo largo del río Termodón. Solo ellas entre todos los pueblos que las
rodeaban estaban armadas con hierro y fueron las primeras en montar caballos.
Mataban a quienes huían y alcanzaban a todos los que perseguían. Solían ser
consideradas, en su naturaleza física como hombres y no como mujeres.
Las
fuentes nos dicen repetidas veces que las amazonas tienen una sola teta. Aunque
conservan la izquierda para alimentar, la derecha ha sido cauterizada o, de
alguna manera, suprimida, para que no dificulte el lanzamiento de la jabalina.
Para los griegos, este estado explicaba el nombre de las amazonas: a-(no)
+ mazos (teta), pero es más probable que el nombre explicara su estado (Asimismo,
hacia el fin del siglo v a.c., Helánico, un jonio de Lesbos, publicó la primera
historia del Ática, en donde las describe como una “grey de mujeres con escudos
dorados, hachas de platas, amantes de los hombres y que mataban a sus hijos
varones”. Para Robert Graves, esta idea es fantástica, amazonas parece ser una palabra armenia que significa “mujeres-luna”.
Como las sacerdotisas de la diosa Luna en las costas del sudeste del Mar Negro
llevaban armas, como lo hacían también en el golfo de Sirte en Libia.
Estrabón
nos da la versión más extensa de las prácticas de apareamiento: “tienen dos
meses especiales, cuando ascienden a la montaña de sus vecinos, en el límite
con los gárgaros. Los hombres ascienden allí, siguiendo una vieja costumbre, a
ofrecer sacrificios con las mujeres y a aparearse con ellas para tener hijos”; las
hijas son muy apreciadas pero los hijos son “expulsados, mutilados o muertos”;
sus dioses son el furioso Ares, la Maga Mater de Friaga, Cibeles; y Artemisa,
bajo varios títulos de culto. Su religión, dirigida hacia la guerra y la
fertilidad, se practica en ritos orgiásticos y está dominada por lo femenino.
Antes de las Guerras Médicas, las amazonas eran ubicadas en Asia junto con los
persas y los griegos jónicos.
Al
parecer, estas mujeres tomaron fuerza en la Edad Media gracias a los viajes de
Marco Polo y en la conquista del Nuevo Mundo; desde Cristóbal Colón cuando
piensa que se halla en las costas de Asia en donde ubica dos islas, Femina y
Masculina, donde según las fábulas clásicas vivían las Amazonas en vecindad con
los Caribes, (“las Amazonas, vistas por la fantasía de Colón, revelaban los
mismos hábitos: se relacionaban una vez al año con los hombres, en primavera,
solo con el fin de perpetuar la raza; guardaban para sí las niñas que daban a
luz y entregaban los niños a los padres”).
En
el Diario del primer viaje de Colón menciona: “era toda poblada de mujeres sin
hombres, y que en ella hay mucho toub, que es oro o alambre”. En sus Décadas
Oceánicas sostiene como las mujeres que viven sin hombre. Fernández de Oviedo (En
su Historia General, donde las ubica en el Señorío de Ciguatan dice; “pero no
se cortan la teta derecha, como lo hacían las que los antiguos llamaron
amazonas”). Herrera y Tordecillas, en la
odisea de Orellana, en las afiebradas páginas de Sir Walter Raleigh, a partir
de la Cuarta carta de Cortés escrita en 1524 escribe: “y le mandé que
hiciese la visitación de los pueblos y gentes de aquellas provincias y me la
trajese con toda la más relación y secretos de la tierra que pudiese saber (…)
y asimismo me trajo relación de los señores de la provincia de Ciguatán, que se
afirma mucho haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón ninguno, y que
en ciertos tiempos van de la tierra firme hombres, con los cuales han acceso, y
las que quedan preñadas, si paren mujeres las guardan, y si hombres los echan
de su compañía; y que esta isla está diez jornadas de esta provincia, así como
en el valle de Bogotá, en el Orinoco y en Guayana.
Con el viaje de
Orellana y sus descubrimientos realizados en todo el continente Sud Americano,
la nueva leyenda de las Amazonas, que idéntica y casi simultáneamente surge en
distintos y apartados lugares, encierra un fondo desconocido, completamente
original, que es el reflejo de una realidad palpada por los indios y que fue
desapareciendo a medida que avanzaban los descubrimientos.
Además,
figurarán en: “Relación del descubrimiento y conquista del Nuevo Reino de
Granada”, escrita por Juan de San Martín y Alonso de Lebrija (1539); en 1545
con Hernando de Ribera en la Asunción del Paraguay ; en el año 1543 con
Ulderico Shmidel en su “Historia y Descubrimiento del Río de la Playa y
Paraguay”; con Agustín Zárate en su “Historia del Perú” (quien dice: “hay entre
dos ríos una gran provincia toda poblada de mujeres que no consienten hombres
consigo más del tiempo conveniente a la gestación; y si paren hijos los envían
a sus padres, y si hijas, las crían (…) La reina de ellas se llama Guanomilla,
que en su lengua quiere decir “cielo de oro”, porque en aquella tierra dicen
que se cría gran cantidad de oro”).
Por
otro lado, Sergas de Espladían (“la primera edición conocida de este
libro salió de la imprenta de Cromberger en 1510. Por los talleres instalados
en las márgenes del Guadalquivir, en los cuales la manufactura y la venta de
libros eran actividades complementarias, deambulaban seguramente muchos
soldados en espera de sus órdenes para sarpar de Sevilla); apareció en
un momento justo para remover extraños pensamientos entre los que se alistaban
a las expediciones a la América del Sur y pronto partieron rumores sobre tribus
de amazonas en todas partes de ese territorio (“el conocimiento evidente que
tenían Bernal Díaz del Castillo y otros soldados de Cortés de los libros de
caballerías permite suponer que desde un principio podían encontrarse tales
obras de ficción en las Antillas, especialmente en Santo Domingo y en Cuba, que
era de donde procedía buena parte de las expediciones hacia tierra firme”).
Del
inventario que dejó Juan Cromberger en 1540, el Amadís de Gaula junto
con Sergas de Esplandían y el Lisuarte de Grecia encabezan la
lista de lecturas preferidas por los conquistadores y sus compañeros. Montalvo
las sitúa en una isla llamada “California” en donde estas mujeres negras (con
negras, Montalvo hace referencia a mujeres que tienen la piel tostada por el
sol debido a sus actividades al aire libre) viven sin ningún varón:
que casi como las
amazonas era su estilo de bivir; estas eran de valientes cuerpos y esforzados y
ardientes corazones, y de grandes fuerzas. La ínsola en sí, la más fuerte de
riscos y bravas peñas que en el mundo se fallava. Las sus armas eran todas de
oro, (…) moraban en cuevas muy bien labradas. Tenían navíos muchos en que
salían a otras partes a haxer sus cavalgadas; y los hombres que prendían
llevávanlos consigo, dándoles las muertes que adelante oirés. E algunas vezes
que tenían pazes con sus contrarios mezclávanse con toda seguranza unos con
otros (…) de donde se seguía quedar muchas dellas preñadas; y si parían hembra
guárdavanla, y si varón luego era muerto.
En
esta isla, California, había muchos grifos (águila gigante, con plumas doradas,
afilado pico y poderosas garras. La parte posterior es la de un león, con
pelaje amarillo, musculosas patas y cola larga); de los cuales estás mujeres
robaban a sus hijos y “los criaban dándoles a los hombres y a los varones hijos
que tenían (…) cualquier varón que en la isla entrase, luego por ellos era
muerto y comido” Montalvo agrega también la característica de que estas mujeres
eran gobernadas por “una reina muy grande de cuerpo, muy hermosa para entre
ellas, en floreciente edad, desseosa en su pensamiento de acabar grandes cosas”
llamada Califa. Asimismo, dota de un rasgo más: ella quería salir de la isla
porque “estando assí en aquella isla, haziendo no otra cosa sino lo que sus
antecessoras fizieron, no era sino estar como sepultadas en vida, como muertas
biviendo, pasando sus días sin fama, sin gloria, como las animalias brutas
fazían”).
Por
otra parte, bajo la premisa de encontrar el País de la Canela, (la importancia
e interés que veían los españoles en este mito surge gracias a que “la canela
era una de las especies más demandadas en el mercado europeo, donde este
comercio daba ganancias enormes. La busca de un camino marítimo directo para
llegar a los países que la producían fue lo que impulsó, no solamente los
viajes de los portugueses durante el siglo XV, sino los mismos viajes de
Cristóbal Colón y la heroica travesía del Pacífico realizada por la expedición
de Magallanes”).
Gonzalo
Pizarro, hermano del famoso conquistador del Perú, emprendió una expedición
junto con Francisco de Orellana (nació en 1511 en Trujillo, Extremadura, y
perteneció a una familia emparentada con la de los Pizarro; murió en 1546 en la
Región Norte de Brasil); quien, en el San Pedro, con 56 españoles -entre
ellos fray Gaspar de Carvajal- inició su navegación separándose de Pizarro (26,
diciembre, 1541) por el río Coca hacia el Napo (algunos consideran que Orellana
traicionó a Pizarro al emprender esta travesía él solo, sin embargo, no es algo
que vamos a estudiar en este trabajo).
Una
vez que quedó desacreditado el mito del País de la Canela, adquirió toda su
importancia el de las Amazonas (según Mariano Cuesta, Alonso de Ojeda fue el
primero en buscar las riquezas del espacio continental sudamericano, pero nunca
alcanzó el litoral amazónico y Pedro Alonso Niño había concluido, a finales de
1499, su análogo viaje por la fachada septentrional suramericana.
Independientemente, Vicente Yáñez Pinzón inició (diciembre del mismo año) el
suyo por latitudes más meridionales del mismo continente; poco después partiría
(enero de 1500) Diego de Lepe en expedición similar. Ahora bien, El Levante
peruano que el cronista Cienza de León describiera como un posible Dorado, dejó
su lugar a otra leyenda sobre un producto igualmente enriquecedor, una de las
especies, la canela).
En
la relación (“que escribió Fr. Gaspar de Carvajal, de la orden de Santo
Domingo, del suceso del nuevo descubrimiento del famoso río grande, que
descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, desde su
nacimiento hasta salir a la mar, con cincuenta y siete hombres que trajo
consigo y se echó a su ventura por el dicho río, y por el nombre del capitán se
llamó el río de Orellana”); que escribió Carvajal los indios les dan noticia de
las Amazonas y de la riqueza de la cual constaban; (“aquí nos dieron noticia de
las Amazonas y de la riqueza que abajo hay, y el que la dio fué un indio señor
llamado Aparia, viejo que decía haber estado en aquella tierra, y también nos
dió noticia de otro señor que estaba apartado del río, metido la tierra
adentro, el cual decía poseer muy gran riqueza de oro”).
Le
dijeron a Orellana que “si íbamos a ver a las Amazonas, que en su lenguaje las
llamaban Coñiapuyara, (“los indios hablan de los coniupuyara; Carvajal los
corrige pues está seguro de que son las amazonas. Es decir, el mito domina ya
el pensamiento de los exploradores. La representación de la “realidad” ha
quedado desplazada por la mítica”). Continuaron su historia explicando que quiere
decir grandes señoras, que mirásemos lo que hacíamos, que éramos pocos y ellas
muchas, que nos matarían, que nos estuviésemos en su tierra, que allí nos
darían todo lo que viésemos menester”.
Más
adelante en la crónica, la expedición se topó con una plaza en donde los indios
ofrecían tributos al Sol, quien ellos adoran y tienen por su dios. Al
preguntarles por las personas que estaban allí les dijeron que eran “sujetos y
tributarios a las amazonas” y que les daban plumas de papagayos y alguacamayas
“para aforros a los techos de las casas de sus adoratorios, y que los pueblos
que ellas tenían allí y que adoraban en ello, como una cosa insignias de su
Señora, que es la que manda toda la tierra de dichas mujeres”.
Al
doblar una punta del río “dimos de golpe en la buena tierra y señorío de las
amazonas” (p. 95). Esos pueblos que estaban bajo el dominio de las amazonas,
“estaban avisados y sabían de nuestra ida, de cuya causa nos salieron a recibir
al camino por el agua no con buena intención” (“y como llegaron cerca, el
capitán quisiera traellos de paz y ansí los comenzó de llamar y hablar, pero
ellos se reían y hacían burla de nosotros y se nos acercaban y nos decían que
anduviésemos, que allí abajo nos aguardaban y que allí nos habían de tomar a
todos y llevarnos a las amazonas”);
Andúvose en esta
pelea más de una hora, (…) Quiero que sepan cuál fue la causa por donde estos
indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos son subjetos y
tributarios a las amazonas y, sabida nuestra venida, vanles a pedir socorro y
vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros, que andaban peleando
delante de todos los indios, como por capitanes, y peleaban ellas tan
animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía,
delante de nosotros le mataban a palos, y ésta es la causa por la que los
indios se defendían tanto. Estas mujeres son muy altas y blancas y tiene el
cabello muy largo y entrenzado y revuelto en la cabeza: son muy membrudas,
andaban desnudas en cueros y atapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas
en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios (…) (pp. 97-98).
Orellana,
al preguntarle a un indio qué mujeres era aquellas que habían salido a combatir
contra ellos dijo:
eran unas mujeres
que residían la tierra adentro cuatro o cinco jornadas de la costa del río, y
que por este señor ya dicho, subjeto a ellas, habían venido a guardar la costa
de nosotros. (…) El capitán preguntó que si estas mujeres eran muchas; el indio
dijo que sí y que él sabía por nombre setenta pueblos y que en algunos había
estado, y contólos delante de los que allí estábamos. El capitán le dijo que si
estos pueblos eran de paja; el indio dijo que no, sino de piedra y con sus
puertas, y que de un pueblo a otro iban caminos cercados de una parte y de otra
y a techos por ellos puertas donde estaban guardas para cobrar derechos de los
que entran. El capitán le preguntó que si estos pueblos eran muy grandes; el
indio dijo que sí. Y el capitán le preguntó que si estas mujeres parían; él
dijo que sí, y el capitán dijo que cómo, no siendo casadas ni residiendo
hombres entre ellas, se empreñaban; el indio respondió que estas mujeres
participaban con hombres a ciertos tiempos y que cuando les viene aquella gana,
de una cierta provincia que confina junto a ellas, de un muy gran señor, que
son blancos, excepto que no tienen barbas, vienen a tener parte con ellas, y el
capitán no pudo entender si venían de su voluntad o por guerra, y que están con
ellas cierto tiempo y después de van. Las que quedan preñadas, si paren hijo
dicen que lo matan o lo envían a sus padres, y si hembra que la crían con muy
gran regocijo, y dicen que todas estas mujeres tienen una por señora principal
quien obedecen, que se llama Corini. Dice que hay grandísima riqueza de oro y
que todas las señoras de manera y mujeres principales se sirven de ello y tiene
sus vasijas grandes, y las demás mujeres solebeas se sirven en barro y palo;
(…) Dice que estas mujeres andan vestidas de ropa de lana, porque dice que hay
muchas ovejas de las del Perú y que andan todas con mucho oro encima. Dice que
el oro se llama “paco” y la plata “coya”. También, según entendimos, que hay
camellos y que hay otros animales que son muy grandes y que tienen una trompa y
que de estos hay pocos. Dice que hay en esta tierra dos algunas pequeñas de
agua salada, de que hacen sal (…) Preguntósele que si era la tierra caliente
donde vivían; dijo que no, sino seca, porque queman carbón por tener lejos la
leña, y que hay mucha comida, (…) Este indio era de edad de 30 años, de mucha
razón y muy bueno y procuraba de saber muchas particularidades de nosotros.
Independientemente
de si encontraron a las amazonas o no, se le presentó un problema al cronista que
tuvo que resolver debido a que la correspondencia del modelo imaginado en la
tradición conocida no corresponde del todo a su descubrimiento, es por eso que adecuó
el mito a su experiencia vital, y después de todo, su relato es el que bautiza
el río con el nombre con el que se le conoce desde entonces (“tanta es la fuerza
de la maravilla, nos dice Campra, que termina por redefinir la realidad,
imponiéndole su nombre. La denominación de río de las Amazonas triunfa sobre la
terminología indígena (Paraná-Guazú, Paraná-Tingá, Pará), sobre la descriptiva
(Santa María de la Mar Dulce, como la llamara en 1500 Pinzón, o Río Mar, según
los portugueses), sobre la histórica (río de Orellana, por el nombre del primer
español que lo recorrió hasta la desembocadura”).
Dentro
del contexto geográfico de del Amazonas del siglo xvi, sabemos que los asentamientos de los indios se
hallaban, principalmente, junto a terrazas fluviales, inundables
periódicamente, y en la confluencia de ríos (lo que los dotaba de gran
movilidad y también de frecuentes enfrentamientos entre grupos vecinos).
A
partir de Enríque de Gandía sabemos que los geógrafos y naturalistas del siglo xviii, y siguientes, contienen informes
concordantes que en nada se relacionan con las fantasías o evocaciones clásica
que pudiera originar el hallazgo de mujeres salvajes reunidas en hipotéticas
tribus de organización matriarcal (no existieron “costumbres matriarcales” en
Sudamérica o el Carie, pero sí fuertes tradiciones de participación femenina en
la vida pública).
Sin
embargo, se puede entender que el indio habla de las mujeres escogidas o
esposas del Inca, de las Vírgenes del Sol, que, aunque viviesen todas en
castidad, unas podían casare y otras no (“estas costumbres de la civilización
quechua, eran conocidas, aunque vagamente, por los indios de las selvas
amazónicas, quienes se enteraban de ellas por los relatos de otros indios, los
cuales las aprendían de los factores del Inca, a los que estaban sometidos y
debían pagar tributo, o por haber llegado alguna vez a las ciudades o aldeas
quechuas donde no faltaban templos del Sol, atendidos por sacerdotisas
vírgenes, y casas de mujeres recogidas”).
Asimismo,
las Vírgenes del Sol constaban de abundantes fortunas: “en todas las Casas de
Doncellas escogidas para el Inca, la Bagilla y los demás Vasos de servicio eran
de plata y oro, (…) se puede afirmar que toda la riqueza de Oro y Plata y
Piedras preciosas que en aquel grande Imperio se sacava, no se empleava en otra
cosa sino en el adorno y servicio de los templos del Sol, que eran muchos, y de
las Casas de las Vírgenes que por consiguiente eran otras tantas”.
No
hay duda de que la idea de que a sus hijos los matan, o lo envían a sus padres,
y si hembra que la crían con muy gran
regocijo es completamente clásica; pero las causas que la hicieron evocar y
poner de moda son también hechos auténticos, propios de la civilización quechua,
complemento de los ritos y costumbres matrimoniales. Gandía se refiere
al “tributo de niños y niñas que cobraba el Inca de sus vasallos” para ciertos
sacrificios sangrientos y mantener siempre pobladas las Casas de Recogimiento y
de Escogidas. Las “mujeres que vivían sin hombres”, en efecto, guardaban a las
niñas para sí, en tanto que los niños que no eran inmolados quedaban con sus
padres.
Cuando
dicen que todas estas mujeres tienen una
por señora principal quien obedecen, que se llama Corini, que es lo mismo
que grandes “Señoras”, los indios se
referían a las Mamacunas o Matronas que gobernaban a todas las mujeres escogidas.
Por estas razones, comparto la opinión de Gandía: “las Amazonas eran el
reflejo, hecho leyenda, de las vírgenes del Sol y de las esposas del Inca, con
todos los detalles de su existencia, de la organización social y costumbres del
Imperio Peruano” (p. 101).
Por
un lado, puede decirse que los conquistadores debieron conformarse con
respuestas mal interpretadas (“Los conquistadores no necesitaban mucho para
encontrar una confirmación de estas ficciones en los datos que, ante las
preguntas que entendían mal, proporcionaban los indios en una lengua que los
blancos interpretaban peor. Los indígenas, con frecuencia amedrentados y
turbados, querían salir pronto de la presencia de los invasores por lo que
respondían afirmativamente a sus preguntas. Para los españoles, todos los
informes que respondían a sus deseos y a sus preconcebidas nociones eran dignas
de creerse”); de los cuestionarios que les hacían a los indios en aquella
época, que doblegaron la ilusión y fueron sometidos a una transformación, no
obstante, también podemos ver cómo ambas culturas se yuxtapusieron para crear
una visión nueva y particular.
Este
espacio geográfico de los indios va acompañado de un segundo espacio “mucho más
importante en el desarrollo intelectual del nuevo continente. En palabras de
Rosalba Campra, es ‘un espacio para el mito’. Allí se crea una amalgama que
contiene ambos imaginarios -sin llegar a una emergencia como tal, pues la
crónica tiende a mostrar más el mito clásico- y que figura como un antecedente
notorio de la producción que se llamaría años después: lo propiamente americano.
Bibliografía
Becco, H. J. (1992). “Fabulación,
imaginera y utopía del nuevo continente”. En Historia real y fantástica del
Nuevo Mundo (pp. 17-45). Venezuela: Biblioteca Ayacucho.
Blake Tyrrell, W. (1989). Las amazonas.
Un estudio de los mitos atenienses. México: Fondo de Cultura Económica.
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