El mito de las amazonas en Fray Gaspar Carvajal


Para concebir el proceso de adecuación, me gustaría empezar con Ángel Rama, quien nos explica cómo es que las ciudades americanas fueron remitidas a una doble vida; por un lado, estaba la cuidad real que existía en el orden físico, y por el otro, la cuidad letrada que vivía en el orden de los signos y requería de una representación simbólica que solo se asegura mediante la palabra.

Ahora bien, es importante entender que la configuración cultural de la Nueva España se funda y se desarrolla al mismo tiempo que el signo deja de ser una figura de mundo y deja de estar ligado por los lazos de la semejanza; las palabras se separan de las cosas, los signos ya no necesitan de un referente inmediato y pueden adquirir nuevos sentidos. Por ejemplo, en nuestro caso el mito de las amazonas se ve en la mente de los conquistadores como un equivalente a riqueza (Becco sugiere que esta leyenda de las amazonas es un nuevo intento de certificar las riquezas que las mismas poseían, con armas de oro y aún dueñas de tierras auríferas, algo que resultó concomitante o inseparable del mismo nombre).

Esta cuidad letrada, o bien, el elenco intelectual dirigente -criollos- es capaz de concebir la cuidad ideal, proyectarla antes de su existencia, conservarla más allá de su ejecución material, hacerla pervivir aun en pugna con las modificaciones sensibles que introduce el hombre y su entorno. Debido a esto es que entenderé como adecuación a la amalgama que se produce en la crónica de fray Gaspar Carvajal, (criollo que nació en Trujillo, España en 1500 y murió en Lima, Perú en 1584; tras ingresar en la orden dominica en España, marcha a Perú en 1533, dedicándose a la conversión de los indígenas).

Su crónica: Relación del nuevo descubrimiento del famoso río Grande de las Amazonas (1540) yuxtapone los mitos españoles frente al orden físico de américa, así como frente al mismo imaginario de los indios, sus leyendas y creencias.

Este trabajo sostiene la hipótesis de que esta adecuación es un antecedente de lo que Mabel Moraña llama emergencia; los sectores dominados en determinados momentos de la historia comienzan a activarse hasta que generan respuestas sociales diferenciadas, unas formas de conciencia subalternas. En la crónica de Carvajal, veremos cómo la diferenciación no es tan clara aún, sin embargo, toma algunos elementos indígenas y los adecua a su imaginario.

Contextualmente nos ubicamos en el surgimiento del Barroco de Indias, que corresponde históricamente con ese proceso de emergencia de la conciencia criolla de los centros virreinales desde los que se establecían los nexos económicos, políticos y culturales con el poder virreinal (asimismo, su sincretismo cultural articula la mitología griega, las Sagradas Escrituras, la cultura indígena y las idas y métodos más avanzados de la ciencia europea como partes de una cosmovisión protonacional que convierte al Barroco de Indias en un producto original, articulado actualmente a la circunstancia histórica de la Colonia y a las condiciones concretas de producción cultural en la Nueva España, allí radica la importancia de estudiar la adecuación).

Oviedo dice que este barroco comparte algunos rasgos con el clasicismo renacentista, en nuestro caso con la mitología grecolatina, empero, no es una copia de éstos, pues en las letras americanas hay un saber creativo nuevo que asimila los más heterogéneos influjos y los devuelve cambiados. Como veremos más adelante, en la relación que vamos a estudiar no hay como tal un cambio radical del mito clásico y popular de las amazonas, tan solo una adecuación que, sin embargo, presenta ya chispazos de emergencia.

En efecto, la adecuación comienza de los diversos mitos que vivían en la mente de los conquistadores, y tal fue el impulso de la idea de haber encontrado un mundo colmado de riquezas lo que los hizo explorar mares ignorados, selvas impenetrables, ríos inmensos, montañas magnas; donde buscaban “quijotescamente” tesoros fantásticos como la Fuente de la Eterna Juventud, El Dorado, El País de la Canela, las mujeres guerreras Amazonas, etc.

            En estos siglos xv y xvi -descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo- ­Medina sostiene que gran parte de las cosas que se percibían con la mirada, incluido el uomo novo y sus costumbres, constituían mirabilia (Jaques Le Goff establece el deslinde entre lo que hoy entendemos por maravilloso y lo que por tal tenía el hombre en la Edad Media: lo que corresponde a nuestro maravilloso es la palabra plural mirabilia y agrega que existe una continuidad de interés por lo maravilloso entre la Edad Media y nosotros; pero que se debe considerar que si nosotros vemos en lo maravilloso una categoría del espíritu o de la literatura, la gente culta de la Edad Media y quienes recibían de ella su información y eran formados por ella, veían en lo maravilloso un universo).

Ellos “traían los ojos ansiosos de mirar maravillas, y las miraron” (en este sentido, sus mitos se proyectan como utopías capaces de dar forma e inteligibilidad a lo real, Díaz del Castillo, frente a los edificios aztecas piensa que ha venido a parar entre “las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís”; los soldados se preguntan si lo que ven era entre sueños):

A partir de Colón va a ver lo más nuevo del mundo con los ojos nublados del mundo viejo; y se van a tratar de ajustar en una sola toda una serie de imágenes superpuestas: Colón, a las de Catay y Cipango; los hombres del pueblo, al sentimiento mágico de todo cuando habían venido escuchando; los bachilleres y letrados, a las novelas de Chretién de Troyes, a los romances viejos y a los poemas caballerescos.

Becco dice que ellos no se desligaron de las historias al enfrentarse con la realidad para superarlas en fantasía, como en Walter Raleigh hablando de:

los ewaipanomas: hombres que tienen la cabeza más baja que los hombros; de los Monocelos, de pies tan grandes que le sirven de quitasol; de los Mantécoras, de cabeza humana con tres hileras de dientes en cada maxilar, cuerpo de oso, pata de león y cola de escorpión; de los Gigantes, de los Pigmeos, de las Amazonas, de las Mandrágoras, de los Basiliscos, de las Sirenas, y de las aguas que tienen propiedades letales a todas las horas fuera las del mediodía.

Esta abundante enumeración que aparece a lo largo de las crónicas de las Indias se acompaña también de grifos que despoblaron el valle Auacatlán, comiéndose a los hombres, como menciona Francisco López de Gómora y explica Fray Toribio de Benavente. Así como los gigantes, según las palabras de Pedro Mártir de Anglería -sobre las primeras noticias de Colón-, estaban acompañados de lestrigones y polifemos, alimentados de carne humana.

En particular, el mito de las amazonas formaba parte de imaginario popular de la época; y a partir de la idea de que los libros de caballería absorben las ficciones del vulgo, que me gustaría proponer como ejemplo, para ver de qué forma las amazonas figuraban como como personajes públicos en la mente de los conquistadores, a Sergas de Espladían de Garci Rodríguez de Montalvo, quien tan solo:

decidió explotar la renovada leyenda, probablemente porque mientras escribía su libro llegó a sus oídos que Colón había afirmado la existencia de amazonas en algunas de las islas recién descubiertas. La resurrección de esta leyenda, ya ligeramente postergada, con todo el valor de una noticia fresca, podría ser un tema sensacional para los lectores, y por eso Montalvo elaboró cuidadosamente el emocionante episodio de las amazonas en la continuación del Amadís de Gaula.

Este libro de caballería Sergas de Esplandián rehabilita el mito que invade el interés y codicia de los conquistadores.

Para comenzar, nos gustaría explicar de dónde surge el mito de estas mujeres guerreras para después ver la caracterización que hace Montalvo y, así, terminar en la crónica de fray Carvajal. Las amazonas, según Blake Tyrrell entran en la historia ática después de 575 a.c. como adversarias de Heracles en pinturas de vasos con figuras negras (en sus rasgos notables “las amazonas llevaban calzones a cuadros y botas y, en algunos casos, vestimentas diáfanas, técnica introducida por Polignoto”).

Aparecen de súbito, en toda su fuerza y al parecer sin antecedentes. La más antigua versión escrita del mito nos la da Eurípides en su Heracles; aquí las amazonas llevan armaduras y armas griegas (“Sus senos eran símbolo de las nubes que riegan la tierra, como se comprueba con el culto a Artemisa, nodriza de la Naturaleza, que ellas establecieron. También parecen representar la forma femenina de los Centauro. En Megara, en Queronea y en Tesalia se conservan las tumbas de las Amazonas muertas por Teseo y los atenienses. En la guerra de Troya defendieron a Priamo hasta que Aquiles mató a la reina Pentiselea. En África, otras Amazonas subyugaron a los Atlantes, numidas, etíopes y gorgones; fundaron una cuidad a orillas del lago Triton, y fueron exterminadas por Hércules”).

En la Teseida Teseo rapta a una amazona y escapa llevándola a su hogar de Atenas (Algunos dicen que Teseo tomó parte en la afortunada expedición de Heracles contra las Amazonas y recibió como su parte del botín a su reina Antíope, llamada también Melanipa). Las amazonas, como represalia, invaden el Ática y sitian la Acrópolis de Atenas. El mito del rapto desapareció después de las guerras, cuando los invasores persas llegados del este fueron equiparados con las amazonas. La derrota de las amazonas era cantada como el rescate de todos los griegos de la esclavitud a manos de conquistadores extranjeros. Se olvidaron de Teseo y el rapto de la amazona, y esta hazaña se convirtió en hecho de todos los atenienses.

Lisias, en una oración fúnebre en que tal vez elogiara a los difuntos de un año, durante la Guerra Corintia (395-386 a.c.), lleva más adelante la creación del mito:

Hijas de Ares, vivían a lo largo del río Termodón. Solo ellas entre todos los pueblos que las rodeaban estaban armadas con hierro y fueron las primeras en montar caballos. Mataban a quienes huían y alcanzaban a todos los que perseguían. Solían ser consideradas, en su naturaleza física como hombres y no como mujeres.

Las fuentes nos dicen repetidas veces que las amazonas tienen una sola teta. Aunque conservan la izquierda para alimentar, la derecha ha sido cauterizada o, de alguna manera, suprimida, para que no dificulte el lanzamiento de la jabalina. Para los griegos, este estado explicaba el nombre de las amazonas: a-(no) + mazos (teta), pero es más probable que el nombre explicara su estado (Asimismo, hacia el fin del siglo v a.c., Helánico, un jonio de Lesbos, publicó la primera historia del Ática, en donde las describe como una “grey de mujeres con escudos dorados, hachas de platas, amantes de los hombres y que mataban a sus hijos varones”. Para Robert Graves, esta idea es fantástica, amazonas parece ser una palabra armenia que significa “mujeres-luna”. Como las sacerdotisas de la diosa Luna en las costas del sudeste del Mar Negro llevaban armas, como lo hacían también en el golfo de Sirte en Libia.

Estrabón nos da la versión más extensa de las prácticas de apareamiento: “tienen dos meses especiales, cuando ascienden a la montaña de sus vecinos, en el límite con los gárgaros. Los hombres ascienden allí, siguiendo una vieja costumbre, a ofrecer sacrificios con las mujeres y a aparearse con ellas para tener hijos”; las hijas son muy apreciadas pero los hijos son “expulsados, mutilados o muertos”; sus dioses son el furioso Ares, la Maga Mater de Friaga, Cibeles; y Artemisa, bajo varios títulos de culto. Su religión, dirigida hacia la guerra y la fertilidad, se practica en ritos orgiásticos y está dominada por lo femenino. Antes de las Guerras Médicas, las amazonas eran ubicadas en Asia junto con los persas y los griegos jónicos.

Al parecer, estas mujeres tomaron fuerza en la Edad Media gracias a los viajes de Marco Polo y en la conquista del Nuevo Mundo; desde Cristóbal Colón cuando piensa que se halla en las costas de Asia en donde ubica dos islas, Femina y Masculina, donde según las fábulas clásicas vivían las Amazonas en vecindad con los Caribes, (“las Amazonas, vistas por la fantasía de Colón, revelaban los mismos hábitos: se relacionaban una vez al año con los hombres, en primavera, solo con el fin de perpetuar la raza; guardaban para sí las niñas que daban a luz y entregaban los niños a los padres”).  

En el Diario del primer viaje de Colón menciona: “era toda poblada de mujeres sin hombres, y que en ella hay mucho toub, que es oro o alambre”. En sus Décadas Oceánicas sostiene como las mujeres que viven sin hombre. Fernández de Oviedo (En su Historia General, donde las ubica en el Señorío de Ciguatan dice; “pero no se cortan la teta derecha, como lo hacían las que los antiguos llamaron amazonas”).  Herrera y Tordecillas, en la odisea de Orellana, en las afiebradas páginas de Sir Walter Raleigh, a partir de la Cuarta carta de Cortés escrita en 1524 escribe: “y le mandé que hiciese la visitación de los pueblos y gentes de aquellas provincias y me la trajese con toda la más relación y secretos de la tierra que pudiese saber (…) y asimismo me trajo relación de los señores de la provincia de Ciguatán, que se afirma mucho haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón ninguno, y que en ciertos tiempos van de la tierra firme hombres, con los cuales han acceso, y las que quedan preñadas, si paren mujeres las guardan, y si hombres los echan de su compañía; y que esta isla está diez jornadas de esta provincia, así como en el valle de Bogotá, en el Orinoco y en Guayana.

Con el viaje de Orellana y sus descubrimientos realizados en todo el continente Sud Americano, la nueva leyenda de las Amazonas, que idéntica y casi simultáneamente surge en distintos y apartados lugares, encierra un fondo desconocido, completamente original, que es el reflejo de una realidad palpada por los indios y que fue desapareciendo a medida que avanzaban los descubrimientos.

Además, figurarán en: “Relación del descubrimiento y conquista del Nuevo Reino de Granada”, escrita por Juan de San Martín y Alonso de Lebrija (1539); en 1545 con Hernando de Ribera en la Asunción del Paraguay ; en el año 1543 con Ulderico Shmidel en su “Historia y Descubrimiento del Río de la Playa y Paraguay”; con Agustín Zárate en su “Historia del Perú” (quien dice: “hay entre dos ríos una gran provincia toda poblada de mujeres que no consienten hombres consigo más del tiempo conveniente a la gestación; y si paren hijos los envían a sus padres, y si hijas, las crían (…) La reina de ellas se llama Guanomilla, que en su lengua quiere decir “cielo de oro”, porque en aquella tierra dicen que se cría gran cantidad de oro”).

Por otro lado, Sergas de Espladían (“la primera edición conocida de este libro salió de la imprenta de Cromberger en 1510. Por los talleres instalados en las márgenes del Guadalquivir, en los cuales la manufactura y la venta de libros eran actividades complementarias, deambulaban seguramente muchos soldados en espera de sus órdenes para sarpar de Sevilla); apareció en un momento justo para remover extraños pensamientos entre los que se alistaban a las expediciones a la América del Sur y pronto partieron rumores sobre tribus de amazonas en todas partes de ese territorio (“el conocimiento evidente que tenían Bernal Díaz del Castillo y otros soldados de Cortés de los libros de caballerías permite suponer que desde un principio podían encontrarse tales obras de ficción en las Antillas, especialmente en Santo Domingo y en Cuba, que era de donde procedía buena parte de las expediciones hacia tierra firme”).

Del inventario que dejó Juan Cromberger en 1540, el Amadís de Gaula junto con Sergas de Esplandían y el Lisuarte de Grecia encabezan la lista de lecturas preferidas por los conquistadores y sus compañeros. Montalvo las sitúa en una isla llamada “California” en donde estas mujeres negras (con negras, Montalvo hace referencia a mujeres que tienen la piel tostada por el sol debido a sus actividades al aire libre) viven sin ningún varón:

que casi como las amazonas era su estilo de bivir; estas eran de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones, y de grandes fuerzas. La ínsola en sí, la más fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se fallava. Las sus armas eran todas de oro, (…) moraban en cuevas muy bien labradas. Tenían navíos muchos en que salían a otras partes a haxer sus cavalgadas; y los hombres que prendían llevávanlos consigo, dándoles las muertes que adelante oirés. E algunas vezes que tenían pazes con sus contrarios mezclávanse con toda seguranza unos con otros (…) de donde se seguía quedar muchas dellas preñadas; y si parían hembra guárdavanla, y si varón luego era muerto.

En esta isla, California, había muchos grifos (águila gigante, con plumas doradas, afilado pico y poderosas garras. La parte posterior es la de un león, con pelaje amarillo, musculosas patas y cola larga); de los cuales estás mujeres robaban a sus hijos y “los criaban dándoles a los hombres y a los varones hijos que tenían (…) cualquier varón que en la isla entrase, luego por ellos era muerto y comido” Montalvo agrega también la característica de que estas mujeres eran gobernadas por “una reina muy grande de cuerpo, muy hermosa para entre ellas, en floreciente edad, desseosa en su pensamiento de acabar grandes cosas” llamada Califa. Asimismo, dota de un rasgo más: ella quería salir de la isla porque “estando assí en aquella isla, haziendo no otra cosa sino lo que sus antecessoras fizieron, no era sino estar como sepultadas en vida, como muertas biviendo, pasando sus días sin fama, sin gloria, como las animalias brutas fazían”).

Por otra parte, bajo la premisa de encontrar el País de la Canela, (la importancia e interés que veían los españoles en este mito surge gracias a que “la canela era una de las especies más demandadas en el mercado europeo, donde este comercio daba ganancias enormes. La busca de un camino marítimo directo para llegar a los países que la producían fue lo que impulsó, no solamente los viajes de los portugueses durante el siglo XV, sino los mismos viajes de Cristóbal Colón y la heroica travesía del Pacífico realizada por la expedición de Magallanes”).

Gonzalo Pizarro, hermano del famoso conquistador del Perú, emprendió una expedición junto con Francisco de Orellana (nació en 1511 en Trujillo, Extremadura, y perteneció a una familia emparentada con la de los Pizarro; murió en 1546 en la Región Norte de Brasil); quien, en el San Pedro, con 56 españoles -entre ellos fray Gaspar de Carvajal- inició su navegación separándose de Pizarro (26, diciembre, 1541) por el río Coca hacia el Napo (algunos consideran que Orellana traicionó a Pizarro al emprender esta travesía él solo, sin embargo, no es algo que vamos a estudiar en este trabajo).

Una vez que quedó desacreditado el mito del País de la Canela, adquirió toda su importancia el de las Amazonas (según Mariano Cuesta, Alonso de Ojeda fue el primero en buscar las riquezas del espacio continental sudamericano, pero nunca alcanzó el litoral amazónico y Pedro Alonso Niño había concluido, a finales de 1499, su análogo viaje por la fachada septentrional suramericana. Independientemente, Vicente Yáñez Pinzón inició (diciembre del mismo año) el suyo por latitudes más meridionales del mismo continente; poco después partiría (enero de 1500) Diego de Lepe en expedición similar. Ahora bien, El Levante peruano que el cronista Cienza de León describiera como un posible Dorado, dejó su lugar a otra leyenda sobre un producto igualmente enriquecedor, una de las especies, la canela).

En la relación (“que escribió Fr. Gaspar de Carvajal, de la orden de Santo Domingo, del suceso del nuevo descubrimiento del famoso río grande, que descubrió por muy gran ventura el capitán Francisco de Orellana, desde su nacimiento hasta salir a la mar, con cincuenta y siete hombres que trajo consigo y se echó a su ventura por el dicho río, y por el nombre del capitán se llamó el río de Orellana”); que escribió Carvajal los indios les dan noticia de las Amazonas y de la riqueza de la cual constaban; (“aquí nos dieron noticia de las Amazonas y de la riqueza que abajo hay, y el que la dio fué un indio señor llamado Aparia, viejo que decía haber estado en aquella tierra, y también nos dió noticia de otro señor que estaba apartado del río, metido la tierra adentro, el cual decía poseer muy gran riqueza de oro”).

Le dijeron a Orellana que “si íbamos a ver a las Amazonas, que en su lenguaje las llamaban Coñiapuyara, (“los indios hablan de los coniupuyara; Carvajal los corrige pues está seguro de que son las amazonas. Es decir, el mito domina ya el pensamiento de los exploradores. La representación de la “realidad” ha quedado desplazada por la mítica”). Continuaron su historia explicando que quiere decir grandes señoras, que mirásemos lo que hacíamos, que éramos pocos y ellas muchas, que nos matarían, que nos estuviésemos en su tierra, que allí nos darían todo lo que viésemos menester”.

Más adelante en la crónica, la expedición se topó con una plaza en donde los indios ofrecían tributos al Sol, quien ellos adoran y tienen por su dios. Al preguntarles por las personas que estaban allí les dijeron que eran “sujetos y tributarios a las amazonas” y que les daban plumas de papagayos y alguacamayas “para aforros a los techos de las casas de sus adoratorios, y que los pueblos que ellas tenían allí y que adoraban en ello, como una cosa insignias de su Señora, que es la que manda toda la tierra de dichas mujeres”.

Al doblar una punta del río “dimos de golpe en la buena tierra y señorío de las amazonas” (p. 95). Esos pueblos que estaban bajo el dominio de las amazonas, “estaban avisados y sabían de nuestra ida, de cuya causa nos salieron a recibir al camino por el agua no con buena intención” (“y como llegaron cerca, el capitán quisiera traellos de paz y ansí los comenzó de llamar y hablar, pero ellos se reían y hacían burla de nosotros y se nos acercaban y nos decían que anduviésemos, que allí abajo nos aguardaban y que allí nos habían de tomar a todos y llevarnos a las amazonas”);

Andúvose en esta pelea más de una hora, (…) Quiero que sepan cuál fue la causa por donde estos indios se defendían de tal manera. Han de saber que ellos son subjetos y tributarios a las amazonas y, sabida nuestra venida, vanles a pedir socorro y vinieron hasta diez o doce, que éstas vimos nosotros, que andaban peleando delante de todos los indios, como por capitanes, y peleaban ellas tan animosamente que los indios no osaban volver las espaldas, y al que las volvía, delante de nosotros le mataban a palos, y ésta es la causa por la que los indios se defendían tanto. Estas mujeres son muy altas y blancas y tiene el cabello muy largo y entrenzado y revuelto en la cabeza: son muy membrudas, andaban desnudas en cueros y atapadas sus vergüenzas, con sus arcos y flechas en las manos, haciendo tanta guerra como diez indios (…) (pp. 97-98).

Orellana, al preguntarle a un indio qué mujeres era aquellas que habían salido a combatir contra ellos dijo:

eran unas mujeres que residían la tierra adentro cuatro o cinco jornadas de la costa del río, y que por este señor ya dicho, subjeto a ellas, habían venido a guardar la costa de nosotros. (…) El capitán preguntó que si estas mujeres eran muchas; el indio dijo que sí y que él sabía por nombre setenta pueblos y que en algunos había estado, y contólos delante de los que allí estábamos. El capitán le dijo que si estos pueblos eran de paja; el indio dijo que no, sino de piedra y con sus puertas, y que de un pueblo a otro iban caminos cercados de una parte y de otra y a techos por ellos puertas donde estaban guardas para cobrar derechos de los que entran. El capitán le preguntó que si estos pueblos eran muy grandes; el indio dijo que sí. Y el capitán le preguntó que si estas mujeres parían; él dijo que sí, y el capitán dijo que cómo, no siendo casadas ni residiendo hombres entre ellas, se empreñaban; el indio respondió que estas mujeres participaban con hombres a ciertos tiempos y que cuando les viene aquella gana, de una cierta provincia que confina junto a ellas, de un muy gran señor, que son blancos, excepto que no tienen barbas, vienen a tener parte con ellas, y el capitán no pudo entender si venían de su voluntad o por guerra, y que están con ellas cierto tiempo y después de van. Las que quedan preñadas, si paren hijo dicen que lo matan o lo envían a sus padres, y si hembra que la crían con muy gran regocijo, y dicen que todas estas mujeres tienen una por señora principal quien obedecen, que se llama Corini. Dice que hay grandísima riqueza de oro y que todas las señoras de manera y mujeres principales se sirven de ello y tiene sus vasijas grandes, y las demás mujeres solebeas se sirven en barro y palo; (…) Dice que estas mujeres andan vestidas de ropa de lana, porque dice que hay muchas ovejas de las del Perú y que andan todas con mucho oro encima. Dice que el oro se llama “paco” y la plata “coya”. También, según entendimos, que hay camellos y que hay otros animales que son muy grandes y que tienen una trompa y que de estos hay pocos. Dice que hay en esta tierra dos algunas pequeñas de agua salada, de que hacen sal (…) Preguntósele que si era la tierra caliente donde vivían; dijo que no, sino seca, porque queman carbón por tener lejos la leña, y que hay mucha comida, (…) Este indio era de edad de 30 años, de mucha razón y muy bueno y procuraba de saber muchas particularidades de nosotros.

Independientemente de si encontraron a las amazonas o no, se le presentó un problema al cronista que tuvo que resolver debido a que la correspondencia del modelo imaginado en la tradición conocida no corresponde del todo a su descubrimiento, es por eso que adecuó el mito a su experiencia vital, y después de todo, su relato es el que bautiza el río con el nombre con el que se le conoce desde entonces (“tanta es la fuerza de la maravilla, nos dice Campra, que termina por redefinir la realidad, imponiéndole su nombre. La denominación de río de las Amazonas triunfa sobre la terminología indígena (Paraná-Guazú, Paraná-Tingá, Pará), sobre la descriptiva (Santa María de la Mar Dulce, como la llamara en 1500 Pinzón, o Río Mar, según los portugueses), sobre la histórica (río de Orellana, por el nombre del primer español que lo recorrió hasta la desembocadura”).

Dentro del contexto geográfico de del Amazonas del siglo xvi, sabemos que los asentamientos de los indios se hallaban, principalmente, junto a terrazas fluviales, inundables periódicamente, y en la confluencia de ríos (lo que los dotaba de gran movilidad y también de frecuentes enfrentamientos entre grupos vecinos).

A partir de Enríque de Gandía sabemos que los geógrafos y naturalistas del siglo xviii, y siguientes, contienen informes concordantes que en nada se relacionan con las fantasías o evocaciones clásica que pudiera originar el hallazgo de mujeres salvajes reunidas en hipotéticas tribus de organización matriarcal (no existieron “costumbres matriarcales” en Sudamérica o el Carie, pero sí fuertes tradiciones de participación femenina en la vida pública).

Sin embargo, se puede entender que el indio habla de las mujeres escogidas o esposas del Inca, de las Vírgenes del Sol, que, aunque viviesen todas en castidad, unas podían casare y otras no (“estas costumbres de la civilización quechua, eran conocidas, aunque vagamente, por los indios de las selvas amazónicas, quienes se enteraban de ellas por los relatos de otros indios, los cuales las aprendían de los factores del Inca, a los que estaban sometidos y debían pagar tributo, o por haber llegado alguna vez a las ciudades o aldeas quechuas donde no faltaban templos del Sol, atendidos por sacerdotisas vírgenes, y casas de mujeres recogidas”).

Asimismo, las Vírgenes del Sol constaban de abundantes fortunas: “en todas las Casas de Doncellas escogidas para el Inca, la Bagilla y los demás Vasos de servicio eran de plata y oro, (…) se puede afirmar que toda la riqueza de Oro y Plata y Piedras preciosas que en aquel grande Imperio se sacava, no se empleava en otra cosa sino en el adorno y servicio de los templos del Sol, que eran muchos, y de las Casas de las Vírgenes que por consiguiente eran otras tantas”.

No hay duda de que la idea de que a sus hijos los matan, o lo envían a sus padres, y si hembra que la crían con muy gran regocijo es completamente clásica; pero las causas que la hicieron evocar y poner de moda son también hechos auténticos, propios de la civilización quechua, complemento de los ritos y costumbres matrimoniales. Gandía se refiere al “tributo de niños y niñas que cobraba el Inca de sus vasallos” para ciertos sacrificios sangrientos y mantener siempre pobladas las Casas de Recogimiento y de Escogidas. Las “mujeres que vivían sin hombres”, en efecto, guardaban a las niñas para sí, en tanto que los niños que no eran inmolados quedaban con sus padres.

Cuando dicen que todas estas mujeres tienen una por señora principal quien obedecen, que se llama Corini, que es lo mismo que grandes “Señoras”, los indios se referían a las Mamacunas o Matronas que gobernaban a todas las mujeres escogidas. Por estas razones, comparto la opinión de Gandía: “las Amazonas eran el reflejo, hecho leyenda, de las vírgenes del Sol y de las esposas del Inca, con todos los detalles de su existencia, de la organización social y costumbres del Imperio Peruano” (p. 101).

Por un lado, puede decirse que los conquistadores debieron conformarse con respuestas mal interpretadas (“Los conquistadores no necesitaban mucho para encontrar una confirmación de estas ficciones en los datos que, ante las preguntas que entendían mal, proporcionaban los indios en una lengua que los blancos interpretaban peor. Los indígenas, con frecuencia amedrentados y turbados, querían salir pronto de la presencia de los invasores por lo que respondían afirmativamente a sus preguntas. Para los españoles, todos los informes que respondían a sus deseos y a sus preconcebidas nociones eran dignas de creerse”); de los cuestionarios que les hacían a los indios en aquella época, que doblegaron la ilusión y fueron sometidos a una transformación, no obstante, también podemos ver cómo ambas culturas se yuxtapusieron para crear una visión nueva y particular.

Este espacio geográfico de los indios va acompañado de un segundo espacio “mucho más importante en el desarrollo intelectual del nuevo continente. En palabras de Rosalba Campra, es ‘un espacio para el mito’. Allí se crea una amalgama que contiene ambos imaginarios -sin llegar a una emergencia como tal, pues la crónica tiende a mostrar más el mito clásico- y que figura como un antecedente notorio de la producción que se llamaría años después: lo propiamente americano.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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