CAOS
Sentados donde nos hallamos, respiro el reposo de la tierra. El viento recoge el aroma de toda la vida vegetal que nos rodea y lo estrella en nuestros rostros; no se escucha más que el agua que, quiera o no, fluye… el río siempre el mismo, su contenido siempre distinto. Aquí, siento a mis seis billones de células trabajando y vibrando al unísono, somos dos supérorganismos tan próximos, indivisibles, como un conjunto de partículas entrelazadas, un sistema con una función de onda única.
A lo lejos, las soberbias montañas, al descubrir su propia pequeñez, se estiran para huir de ella y alcanzar las esferas celestes. Detengo mi mirada en su empresa, me pregunto si yo, al igual que aquel astrónomo francés, podría determinar el lugar exacto en donde la tierra y el cielo se tocan… todo es tan verde, tan hermoso que me dan ganas de llorar. Dicen que mientras las personas son jóvenes y la composición de su vida está aún en sus primeros compases, pueden escribirla juntos e intercambiarse motivos; ¿escuchas nuestra música?
Las nubes adornan el azul del cielo con las figuras que proyecto en ellas, uno no ve más que lo que está en su interior. Percibo un débil aleteo que se hace más y más intenso hasta que una mariposa se postra sobre mi mano. Su contacto, sus oceánicos colores, curvan mi percepción… Acepto al Tiempo de manera absoluta. La sombra que mi ser proyectaba sobre las hojas de hierba se reduce a la mitad y ahora soy apenas una infanta, ¿ya te dije que, si uno deja a los árboles vivir bajo las condiciones ideales, sin que alguien lo corte o maltrate, éste no morirá jamás?
Me alegra tanto estar aquí contigo, así que me levanto y comienzo a saltar entre las rocas. ¿Puedes recordar el día en que nos conocimos? Sé que podrías decirme la fecha exacta. ¿Cuántas cartas nos escribimos? Intento llegar adonde te encuentras, sin embargo, resbalo antes de alcanzarte justo para sumergirme en un espacio en el que el pasado y el futuro vuelven a confluir con el presente. Olvido que sé nadar, olvido cómo pedir ayuda, una vez más estoy exiliada; aquí, los hombres son siempre extraños los unos con los otros, soy una solitaria partícula. ¿En dónde estás?
Me asfixio, mis extremidades hormiguean a medida que crecen hasta alcanzar nuevamente las proporciones de un adulto, ahora puedo al menos gritar tu nombre. Sin éxito, intento separar a mi espíritu de ahogarse con mi cuerpo; elevo a uno y arrodillo al otro, pero no hay nadie aquí, no hay nadie en mí. Imagino tu boca sobre la mía, mis pulmones y los tuyos, imagino que soplan, que soplan tan fuerte…
Tú tan solo has entrelazado tu mano con la mía; me inclino sobre cada segundo, intento agotarlo; en realidad, lo que has hecho es prestarme un equipo de buceo... y yo salgo de la inexistencia, estoy enamorada. Busco tus labios, mas no logro moverme, sé que estás recostado sobre el tronco… tú y yo seguimos sentados donde nos hallamos, otra vez me encuentro con mis pensamientos, pero mi corazón ya no se asusta, he vuelto. Escucho los silbidos del viento sobre los campos, y en medio de esta extensión noto que los árboles han aprendido a tocar nuestros motivos, los han aprendido las hormigas y los pájaros, ¿escuchas nuestra música?
Si tan solo pudiera trazar canales en mi cabeza para promover el comercio y el intercambio interino entre mis ideas para que ellas fueran más estables. Un tic tac empieza a enmudecer a nuestra melodía, es la marcha, la marcha en la cual participa el mundo entero, los firmes pasos de la entropía, la victoriosa fugacidad. Dime, ¿acaso tú y yo nos vemos arrastrados también? Por favor, ayúdame a detenerlo, ese horrendo dictamen de que todo es del gusano. Me acerco a ti; porvenir, ¿qué obligación tienes de realizarte? Te abrazo; eventualidad, ¿podrías olvidarte de mirarnos? Susurro; Dios, permite a nuestras almas quererse eternamente…
Aquí y allá, miro las hojas, contemplo una y pongo en ella mi esperanza, entonces se desprende de la rama, ¿cómo ha decidido que ya no puede sostenerse más? O ¿acaso son las cosas que pasan?, un día te sorprendes mirando la tienda de ataúdes, te das cuenta de que tus meses se han vaciado en fango y podredumbre, cuando deberías estar feliz pero no lo estás, y en las mañanas ya no puedes respirar. Sigue cayendo, es hora de irnos, cae llena de ruido, un ruido que ya no comparte compases; y tú… tú ya no tomas mi mano.
Sabes, yo solía creer que los árboles no morían.
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